Siempre más queda claro
que la cuestión fundamental para los cristianos hoy día es la cuestión
del poder. La cuestión del poder es la principal novedad, el principal
reto que la cultura contemporánea dirige a la Iglesia después de
Vaticano II. El Concilio no trató de la cuestión. Trató de evitarla,
porque en aquel tiempo la cuestión del poder todavía no era un tema
dominante de la cultura occidental.
En Lumen Gentium el Concilio trató de evitar la palabra poder cuando
se refiere a la jerarquía. Usa la palabra "munus", oficio o palabras
que dicen servicio. En esa forma se evita abordar la cuestión del
poder. Es evidente que evitó voluntariamente la palabra poder (salvo
en algunos pocos casos como en 18, a, en donde la palabra "poder
sagrado" es inmediatamente suavizada por la palabra servicio).
La jerarquía trata de apartar el asunto pensando que es una cuestión
irrelevante, pero su relevancia está siempre más evidente. El clero,
formado para manipular conceptos edificantes, rechaza la idea de
que algo pudiera ser motivado por cuestiones de poder en la Iglesia.
Se presume que todo se hace por amor. Aún la condenación de los
herejes se hace por amor. Es un servicio a la Iglesia. Sucede que,
como en cualquier sociedad humana, la cuestión del poder es relevante
en la Iglesia. Más aún: ella es inevitable.
La actual relación de poder todavía es la relación definida en la
cristiandad medieval. Las formas han cambiado, pero el fondo quedó
igual.
En la eclesiología tradicional, desde los orígenes en el siglo XIV,
la palabra poder ocupa el centro del tratado. Pues, la Iglesia se
define por los poderes que la constituyen. Lo que hace la Iglesia
son los poderes de la jerarquía. La palabra poder siempre tiene
un sentido positivo y únicamente positivo. El poder es uno de los
principales atributos de Dios, tal vez el atributo más importante,
por lo menos en la devoción católica. En la misma liturgia siempre
se añade el adjetivo poderoso o todo-poderoso a la invocación de
Dios. Dios es el Todo-poderoso. El poder de Dios es puramente positivo.
Es creador y salvador. Es lo que produce todo lo que existe y conduce
la creación, actuando por los medios de salvación.
Ahora bien, el poder de Dios actúa por medio de poderes humanos.
Dios no actúa sin la mediación de hombres. Estos mediadores revestidos
de una participación del poder de Dios para realizar las obras de
Dios son la jerarquía de la Iglesia. El poder de la jerarquía es
también puramente positivo, porque es el mismo poder de Dios. Se
dice que la jerarquía es la causa eficiente de la Iglesia. Ella
produce la Iglesia pues la acción salvadora de Dios pasa por esa
mediación. El poder de la jerarquía solo se compara con el poder
creador de Dios: ellos crean a la Iglesia. Es el poder salvador
de Dios: ellos realizan la salvación. Dios eligió a algunos hombres
para ser los salvadores de la humanidad. Los laicos se salvan por
la intervención de la jerarquía. Sin la jerarquía no son nada. Todo
reciben y nada producen.
Este poder sobrenatural de la jerarquía tiene su punto culminante
en la eucaristía. Como el Papa recién lo recordó, el sacerdote ordenado
pronuncia las palabras de la consagración como si fuera el mismo
Cristo. Cristo habla por su boca y produce por la boca del sacerdote
el milagro de la transubstanciación, el mayor milagro que se puede
imaginar. El ministro ordenado tiene la misma fuerza de Dios cuando
celebra la eucaristía. Los laicos miran, admiran, adoran, y reciben
a Dios por las manos del sacerdote.
Esta teología es la imagen de la Iglesia en la eclesiología tradicional
que todavía es común hasta Vaticano II aunque haya sido refutada
por los mejores biblistas y los mejores historiadores católicos.
Es todavía la teología del Papa.
Este poder es el servicio de la jerarquía. Ejercer su poder divino
es el servicio que el ministro ordenado ofrece a la Iglesia a la
que dio vida. No puede haber ninguna oposición entre poder y servicio.
El poder es el mayor servicio.
Es evidente que esta identificación entre poder y servicio no viene
del Nuevo Testamento. Ella procede de la ideología imperial. En
esta ideología, todo poder es positivo porque todo poder es servicio
a la sociedad. "Dominar para servir", es la definición de todo los
colonialismos, hasta de la guerra de Irak que es el mayor servicio
prestado al pueblo irakiano.
Los teólogos de aquél tiempo conocen muy bien todos los defectos
personales de la jerarquía y de los presbíteros y diáconos. Pero
esto no cambia la teoría. Los peores sacerdotes continúan creando
la Iglesia por medio de sus sacramentos, de sus palabras y de su
gobierno. Los abusos de poder son tratados como si fueran puros
problemas personales que se solucionan por medio de la conversión
del sacerdote. No reconocen que esta situación no es inevitable,
que está ligada en gran parte al modelo de sociedad que se quiso
imponer a la Iglesia y que por lo tanto se trata de un problema
de política en la Iglesia.
Ahora bien, los miembros de la jerarquía no pueden ser puros representantes
del poder de Dios. Al ejercer su poder, no comunican sencillamente
el mensaje de Dios, sino también toda una teología. Al administrar
los sacramentos, manipulan la religiosidad popular con su magia
y sus supersticiones. Al gobernar sus parroquias o sus diócesis
actúan como patrones de empresas. Crean una cierta orientación de
la Iglesia, no crean la Iglesia que es producto del Espíritu Santo,
por medio de la mediación de todos los cristianos, cada cual con
su carisma. Si la orientación dada por el clero no es corregida
y mejorada por el pueblo cristiano, ella se transforma en dominación.
Entonces, el poder se hace dominación, como en todas las instituciones
humanas. Por eso existe siempre un problema político en la Iglesia,
que es el problema de que los miembros del clero son seres humanos
y no puros depositarios del poder de Dios. Su poder no es como el
poder de Dios pura fuerza creadora, no es puro don de la vida. Es
también imposición, arbitrariedad, dominación del hombre sobre el
hombre. No solo por vicios personales, sino por estructuras de pecado.
La concepción medieval del poder en la Iglesia, y el consecuente
abismo entre el clero y el pueblo están en crisis desde hace dos
siglos, aunque la jerarquía haya negado la crisis hasta Vaticano
II y muchos la nieguen todavía hoy en día.
Ahora bien, esa relación está en crisis desde hace tiempo, y la
crisis se acentuó siempre más en el siglo XX. Millones abandonan
la Iglesia católica, y la causa fundamental, consciente o inconsciente,
es la cuestión del poder. Con el Papa actual ni siquiera se puede
levantar la cuestión porque su poder es más absoluto que el poder
de cualquier Papa del pasado, incluso que el poder de Pio XII. La
jerarquía niega el problema porque siente que sería el primer objeto
de la contestación. Sin embargo, está claro que la nueva sociedad
urbana, alfabetizada y desarrollada culturalmente no acepta más
el tipo de relación de poder que nació en la edad media. No puede
aceptar que Dios reserve toda su mediación a algunos cuando el Nuevo
Testamento anuncia que el Espíritu es dado a todos. Que haya diversidad
de funciones y de servicios, es lo que todos afirman. Que haya personas
destinadas a gobernar, no se discute. Pero no se acepta la identificación
de un poder humano con el poder de Dios.
No se puede negar que la Iglesia, como cualquier grupo humano, necesita
una organización de poder, pero no eternamente la organización nacida
en determinada época histórica en virtud de una situación histórica
limitada en el tiempo. Nadie ignora que la autoridad es necesaria.
Pero el actual sistema de autoridad hace que millones de católicos,
exactamente los que participan en la nueva cultura urbana, se apartan
de la Iglesia, o sencillamente pierden inconscientemente el sentimiento
de pertenencia a ella.
Es necesario ver y examinar críticamente el sistema de poder que
existe en la Iglesia, regido por un derecho canónico siempre relativo.
Es necesario ver claramente la diferencia entre lo que es permanente
en la Iglesia y lo que la historia ha hecho en los siglos ulteriores.
De lo contrario seremos prisioneros de la historia, prisioneros
de un pasado muerto.
LA ECLESIOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO Y EL PODER
La eclesiología de Pablo está centrada alrededor del concepto de
pueblo de Dios que es el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu
Santo. Este concepto es subyacente en todos los capítulos de sus
cartas. Todo lo que dice de la Iglesia ser refiere a este pueblo
de Dios. La doctrina del poder de Pablo se encuentra implícita en
su doctrina sobre la Ley y el Espíritu. El pueblo de Dios pasa por
dos etapas. Primero, hubo el régimen de la Ley, y ahora, con Jesús
comenzó el régimen del Espíritu. En el régimen de la Ley, la relación
con Dios es una relación de sumisión. El pueblo de Dios es el pueblo
que se somete a la Ley. La obediencia a la Ley es la virtud suprema.
Ahora bien, la Ley no entraría en la realidad, si no fuera presentada
por dirigentes humanos. La Ley no existiría como Ley, si no hubiera
en la tierra, por encima del pueblo una autoridad que obligue a
respetarla. Esta autoridad estaba representada por los doctores
y los sacerdotes que fueron los que condenaron a Jesús. La sumisión
a la Ley se traduce por la sumisión a sus representantes. Obedecer
a Dios se traduce en la práctica por obedecer a las autoridades
que la imponen.
Para Pablo la Ley - o sea todo el sistema centrado en la Ley- no
salva, porque no cambia el ser humano. Hace que la persona se someta
por miedo al castigo, pero no se renueve personalmente. Solo el
Espíritu puede renovar la humanidad. Para el régimen de la Ley,
la autoridad actúa imponiendo la Ley. Por el Espíritu, la persona
se siente movida, empujada por una fuerza interna que la hace capaz
de seguir el camino de Jesús sin ninguna imposición. Hace el bien
de fuente propia, no por imposición.
En el régimen de la Ley, los representantes de la Ley hacen uso
de ella para imponer su propia voluntad. Interpretan, aumentan,
cambian los preceptos de la Ley para que coincidan con su voluntad
y con sus ventajas, aún materiales.
Con su doctrina del Espíritu, Pablo no da atención al problema del
poder, ya sea el poder de la Iglesia en la sociedad, ya sea el poder
dentro de la Iglesia, o lo que se llama actualmente los ministerios.
Para él, el poder apostólico consiste en la autoridad para anunciar
el evangelio de Jesús con fuerza al mundo. Es el poder de Dios,
que es poder de conversión y de vida nueva. Pero el mismo no elabora
una doctrina del apostolado como poder en la Iglesia.
Para Pablo, en la comunidad cristiana, el poder de Dios se manifiesta
en la abundancia de los carismas, que son fuerzas donadas a algunos
miembros o a todos. Los carismas parecen tener una fuerza intrínseca
que hace que los miembros de la comunidad se dejan llevar por ellos.
El mismo Pablo, como apóstol de Jesucristo, ejerce el poder de denunciar,
exhortar, orientar, el poder de recordar las enseñanzas de Jesús.
El mismo no define ese poder de los apóstoles.
Pero, la eclesiología de los evangelios, ella sí, está centrada
en la cuestión del poder. En la mente de Jesús el problema del poder
es el problema esencial y prioritario de la Iglesia. La misma palabra
Iglesia está casi ausente de los evangelios, pero la realidad está
presente en los discípulos. Cuando Jesús se dirige a los discípulos
como conjunto, él enuncia su eclesiología.
Los textos principales están en el capítulo 18 de Mt (sobre todo
1-7;12-35), en Mt 20,20-28, 23, 8-12 y Jn 13.
No es necesario hacer una exégesis muy minuciosa para ver que Jesús
instala un nuevo modo de ejercer la autoridad, una nueva relación
de poder. Durante siglos se leyó estos textos como consejos morales,
como recomendaciones hechas a todos los jefes para que sean mejores
en sus comportamientos.. Pero, Jesús no vino para hacer exhortaciones
morales, sino para cambiar las estructuras del pueblo de Dios. Para
las exhortaciones morales había los sabios que dejaron muchos escritos
de sabiduría. Jesús vino a destruir la estructura de poder que había
en su pueblo y a construir una nueva estructura de relaciones dentro
de ese pueblo.
Durante siglos se interpretó las palabras de Cristo en el sentido
que el discípulo de Jesús debía ejercer las mismas estructuras de
poder de siempre con un espíritu nuevo, de una manera diferente.
El resultado fue que se ejerció la autoridad como siempre pero con
buenos sentimientos. La Iglesia cayó en la misma deformación que
afecta las sociedades civiles o el pueblo de Israel, es decir, cometer
la injusticia con buenos sentimientos. Dio a la destrucción de personas
un sentido edificante. Así fue la Inquisición y todas las imitaciones
de la Inquisición. Todo se justifica por el bien de la persona perseguida,
torturada o muerta. El ser cristiano actuaría como todo el mundo,
y añadiría solo buenos sentimientos y sentido religioso: todo por
el bien de Dios y de su Iglesia.
Jesús no viene a cambiar solamente la subjetividad, sino la misma
estructura de las relaciones sociales. Su ejemplo enseña la estructura
de autoridad que debe prevalecer.
Jesús no usa ninguna forma de coerción para imponer su voluntad.
No tiene armas, no puede amenazar, no quiere castigar (Lc 9,51-56).
No tiene medios de defensa contra sus adversarios ni siquiera a
la hora de la prisión, de la condenación o de la ejecución. Está
incapacitado de ejercer la más mínima violencia. No solo no practica
la violencia, sino que no tiene los medios de practicarla si quisiera.
No tiene los medios de violencia en la reserva, lo que constituye
una amenaza. Una sabiduría política tradicional dice que se necesita
mostrar las armas para no tener que usarlas. Jesús no puede mostrar
las armas que no tiene.
Este es el sentido de la comparación con los niños (Mt 18,1-4).
Los niños no tienen poder para imponer su voluntad. En aquel tiempo
no existe todavía el poder de chantaje que ejercen hoy día los niños
de las familias ricas. El niño es el ser débil. Jesús eligió la
debilidad.
Jesús no define leyes ni impone su autoridad por medio de leyes.
Las leyes son hechas para imponer una voluntad superior a una persona
que no quiere ejecutarla y solo lo hace por medio del castigo. La
ley gobierna por medio del miedo del castigo. La ley está basada
en el miedo.
Esto no quiere decir que Jesús todo lo acepta. No se acepta que
se proceda como hacen las autoridades de Israel. Con los pecadores
la regla es el perdón, perdón sin límite. En realidad su autoridad
es tal que las personas hacen lo que él enseña con total libertad
y con mucho gusto. No lo hacen por miedo, sino por amor. La autoridad
de Jesús está basada en el amor que despierta. No necesita definir
leyes porque las personas lo siguen voluntariamente y con convicción.
No amenaza porque las personas quieren lo que él quiere por convicción.
Su autoridad está en su misma persona y en su modo de actuar en
el que se manifiesta su valor absoluto: ¡esto viene de Dios¡
La autoridad de Jesús se manifiesta en la búsqueda de la oveja perdida,
en el perdón de las deudas. En lugar de imponer el castigo, se propone
el perdón. Esto sería considerado en la sociedad como anarquismo,
desorden y desintegración de la sociedad. Sin embargo no consta
que sea así. Todos saben que los pequeños pagan sus deudas. Solo
las grandes corporaciones no pagan. El problema es la existencia
de grandes corporaciones, las cuales de todas maneras no se inclinan
ante la ley, sino que más bien cambian la ley para que les sea más
favorable.
Jesús quiere que entre los discípulos las relaciones de poder sean
diferentes (Mt 20-28). La diferencia no está solo en la subjetividad,
sino en las mismas estructuras del poder. De lo contrario no cambiaría
nada. Pues en todas las sociedades hay príncipes buenos que hacen
más tolerables las relaciones de poder sin cambiar las estructuras
y así dejan la puerta abierta para que un sucesor venga a ejercer
un poder riguroso.
Cuando Jesús dice: "No os dejéis llamar "Rabí", porque uno solo
es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a
nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque solo uno es vuestro Padre:
el del cielo. No tampoco os dejéis llamar "Doctor", porque uno solo
es vuestro doctor: Cristo"(Mt 23, 8-10), las autoridades de la Iglesia
que quieren estos títulos, dicen que es una cuestión sin importancia,
o bien, que Jesús habla así para dar un ejemplo de humildad, más
no quiere definir un modo de ser. Suprimen sencillamente la instrucción
de Jesús. Sin embargo en la cultura de Jesús, los nombres son muy
importantes porque representan la realidad. El que tiene el nombre
de doctor cree que tiene una autoridad superior que le permite imponer
sus ideas a otros. Con esta cuestión de nombre, Jesús quería cambiar
las estructuras.
El problema de las estructuras está claro en la Iglesia de hoy.
Hay obispos más humanos, párrocos más humanos - cristianos- que
no insisten en su poder, que consultan o toman en cuenta las opiniones
de los otros, que gobiernan con paciencia y tolerancia, que abren
espacio para la libertad y responsabilidad de los laicos. Pero,
a cualquier momento, puede venir otro que se contenta con la aplicación
rigurosa de la ley canónica que le atribuye poderes exclusivos.
Las estructuras del actual código atribuyen a la autoridad un poder
absoluto, sin derecho de defensa, un poder exclusivo sin participación.
Cualquier obispo o párroco puede destruir toda la libertad que un
antecesor había creado. Los casos no son pocos en América latina.
Los autores de tales destrucciones pueden invocar la ley que les
atribuye un poder absoluto, dictatorial.
El mismo Jesús denuncia la forma como los escribas y los fariseos
ejercen la autoridad. "Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas
de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas" (Mt 23,4).
Como las palabras de Jesús no definen en forma jurídica las relaciones
que quiere establecer entre sus discípulos, en el decorrer de la
historia fue posible tratar sus palabras como puros símbolos o formas
literarios sin contenido jurídico. De hecho en 20 siglos muchas
de las antiguas relaciones de dominación en las sociedades humanas,
han entrado en la Iglesia. Las relaciones de poder que existen hoy
no proceden de la voluntad de Jesús sino de la penetración de estructuras
de dominación propias de las culturas en las que la Iglesia se estableció.
LA IGLESIA Y EL PODER EN LA CRISTIANDAD
No es necesario recordar toda la estructura de poder construida
en la cristiandad, sobre todo la occidental. Hubo cuatro etapas
principales que dieron como resultado aquello que conocemos hoy
en día.
La primera etapa ya empezó en la tercera generación cuando se destacaron
los presbíteros y al frente de ellos siempre más los obispos monárquicos.
Era una imitación de la estructura de las sinagogas y de las hermandades
romanas. Pero en el nombre de los apóstoles los obispos conquistaron
una autoridad siempre mayor sobre los presbíteros y sobre la organización
de las Iglesias. En el 4º siglo los obispos ya han concentrado casi
todo el poder y todos los carismas. El Concilio de Nicea, convocado
por el Emperador, excluyó todos los que no eran obispos y dio a
estos la totalidad del poder.
La segunda etapa vino con Constantino y sus sucesores que hicieron
de la Iglesia la religión oficial y obligatoria. En ese momento
se creó el clero como casta separada y aislada del pueblo, El clero
concentró todo el poder en la Iglesia, suprimió las comunidades
y sometió a los laicos a una pasividad total sin ninguna responsabilidad.
Se creó un abismo entre el clero y el pueblo, aunque los textos
evangélicos sobre el servicio siempre se recordaban, pero sin ninguna
conexión con la realidad. Siempre más la Biblia sirve como libro
de símbolos que justifican el sistema dándole una ideología con
la cual se trataba de convencer a los pueblos. La liturgia del lavatorio
de los pies es de una piadosa ironía.
La tercera etapa comenzó con los Papas benedictinos o gregorianos
desde el siglo XI. Comienza la movilización progresiva, que durará
10 siglos del clero para que se transforme en ejército del Papa
por lo cual el Papa ejerce un poder total sobre la cristiandad.
El clero se hace ejército en manos del Papa. Sobre todo los Mendicantes
a los que los Papas imponen la ordenación sacerdotal, van a favorecer
esta exaltación del poder del Papa ejerciendo presión sobre todo
el clero diocesano. Desde entonces se hace una concentración creciente
el poder del clero en manos del Papa.
La cuarta etapa vino con el Concilio de Trento que consagra la estructura
del clero, afirmando con fuerza sus fundamentos y aumentando el
poder centralizador del Papa. Siempre más el Papa es el jefe del
clero. Después de la Revolución francesa esta concentración del
poder del clero en manos del Papa relaciona el auge que conocemos
hoy en día.
Todo esto es muy conocido. No hay necesidad de repetir lo que se
encuentra en los libros de historia de la Iglesia.
Nuestra cuestión es la siguiente: ¿cómo fue que se legitimó este
crecimiento de la concentración del poder en manos del clero y después
en manos del Papa?
Hubo tres grandes motivaciones: la defensa de la ortodoxia de la
fe, la defensa de los sacramentos y la defensa de la unidad de la
Iglesia.
En primer lugar, se invocó la necesidad de defender la ortodoxia.
Para eso era necesario concentrar la autoridad en el clero y en
el Papa que solos podían defender la autenticidad de la fe. Aparecieron
innumerables herejías y para defender la fe contra las herejías
se necesita un poder fuerte: el poder de condenar hasta la muerte
en muchos casos. Se montó todo un sistema que incorpora ese poder
del clero y del Papa. La Inquisición fue la manifestación histórica
más visible y más temida.
La concentración del poder está aumentando todavía hoy en día con
los documentos del cardenal Ratzinger. Según estos documentos aparecieron
herejías totales que niegan todo el contenido de la fe: así fue
la teología de la liberación, y así es la teología de las religiones.
La experiencia de la historia muestra que después de algunos siglos
se hace siempre más evidente que las dichas herejías no eran tan
distantes de la ortodoxia. El acuerdo entre católicos y luteranos
al respecto de la doctrina de la justificación es un buen ejemplo.
Las herejías podían expresar otra manera de decir la doctrina de
la fe. ¿No será que doctrinas enunciadas en forma diferente fueron
tratadas como herejías por la necesidad de tener herejías? Sin herejías
el poder del magisterio no se manifiesta y no tiene oportunidad
para crecer. Las herejías son necesarias para justificar y aumentar
el poder del magisterio. ¿Las herejías no serían inventadas para
aumentar el poder del Magisterio?
Por otro lado, la mayoría de las herejías medievales son contestación
de lo que confiere tanto poder al Papa y al clero. Es una acusación
dirigida al poder del clero. Es una contestación de todo lo que
sirve para aumentar el poder del clero. Fue lo que sucedió en el
segundo milenio. La herejía es la manera como los laicos se defienden
de la dominación intelectual y cultural el clero y del Papa que
siempre más está al frente del clero. La herejía es una contestación
de poder. ¿Y la defensa contra las herejías no será la defensa del
poder del clero? Por detrás de tantas condenaciones - que más tarde
se revelan muy relativas, históricas y situadas - no habrá una defensa
del poder del clero que se siente amenazado cuando pierde el control
de las palabras y no permite que se diga lo mismo con otras palabras?
¿Tantas condenaciones no eran antes de todo una afirmación de poder
de la jerarquía y de todo el clero con ella? ¿Las luchas de doctrina
no eran en realidad luchas por el poder y por la definición de los
poderes?
La segunda motivación del poder del clero es la defensa de los sacramentos.
También aquí las herejías atacan los sacramentos, el sistema completo
de siete sacramentos. ¿Por qué condenan ese sistema? ¿No será porque
los sacramentos son el fundamento del poder clerical? Gracias a
los sacramentos que, solo los sacerdotes pueden administrar, los
laicos no pueden salvarse sin pasar por las manos del clero, o sea
sin someterse a todas las condiciones impuestas por el clero.
En teología rigurosa los sacramentos son signos de la fe, signos
del amor de Dios. Sin embargo los sacramentos fueron vividos durante
siglos como obligaciones. Los sacramentos son los ritos necesarios
para la salvación. Sin ellos no hay salvación. Esta es la ley que
los cristianos deben aplicar, y si no la aplican, cometen pecado
mortal y pierden la salvación. Los sacramentos siempre son acompañados
por amenazas. Son recibidos con temor.. Incluso el clero toma nota
de aquellos malos cristianos que no reciben los sacramentos en su
debido tiempo. Los sacramentos son el sistema por el que los sacerdotes
hacen el paso por su ministerio indispensable. Ellos tienen el monopolio
de los sacramentos y todos deben someterse a su monopolio. El sacramento
es lo que hay que recibir para evitar el infierno. Los predicadores
sabían despertar el terror ante las penas del infierno, y en esa
forma lograban empujar a los recalcitrantes para los sacramentos.
Por lo demás los sacramentos son también uno de los principales
fundamentos del poder financiero del clero. Este es otro motivo
por el que los laicos se resisten a los sacramentos. Con el tiempo
el miedo al infierno fue disminuyendo y las personas más formadas
se declararon independientes. Antes de la Revolución francesa más
del 90% de los franceses iban a misa todos los domingos. Veinte
años después el número era de 20%. Habían perdido el miedo al clero
que ejercía un control. Antes de la Revolución, los que no recibían
los sacramentos eran fichados en la policía y tratados como sospechosos.
Después de la revolución ese poder del clero desapareció.
Hoy en día ya no se frecuentan tanto los sacramentos, lo que muestra
la poca comprensión del valor de señal, y el sentido de dependencia
o de obediencia que tiene en la mente del pueblo. El pueblo ya no
teme el infierno como antes, en esa forma pierde la motivación para
recibirlos.
En la mente del clero, esta situación es una decadencia. Para el
clero los sacramentos son su vida, la manera como se relacionan
con el pueblo y su razón de ser. Están allá para celebrar los sacramentos.
Para un gran número la vida clerical son los sacramentos. Por eso
son también su actividad profesional, su búsqueda de los medios
de sobrevivencia. El padre es el que celebra los sacramentos: este
es su trabajo profesional. Los sacramentos son la fuente principal
del poder del clero y pueden reducirse a eso.
En tercer lugar existe el poder de gobierno. Todos los seglares
tienen que subordinarse al clero en todos los actos de una vida
cristiana, sobre todo en su comportamiento moral y social. También
aquí reina el temor al infierno. En principio esa sumisión tiene
por finalidad defender al pueblo cristiano contra el peligro de
sus enemigos. En la práctica el gobierno del clero tiende siempre
a aumentar su poder. El principio de León XIII prevaleció desde
el momento en que la Iglesia se desligó de las monarquías: en materia
política hay siempre que buscar alianza y apoyo entre los que más
favorecen a la Iglesia, es decir al clero o al Papa. Este principio
es de un oportunismo total y muestra la actuación política que es
sumisión a los intereses del clero.
Esto nos lleva a contemplar el poder del clero y del Papa en la
sociedad. En la cristiandad, el clero constituye la primera clase,
la clase más privilegiada, la que tiene más poder, que interviene
en todos los asuntos. Controla la economía, controla el poder de
los reyes, domina toda la cultura. Este era el ideal. En la práctica,
muchos reyes y príncipes no aplican lo que el clero manda: durante
la mitad del tiempo los reyes católicos y los emperadores fueron
excomulgados. Siempre hubo una cultura subterránea crítica del poder
sacerdotal. Y había el poder económico de los judíos, de los banqueros,
que no se sometían a las leyes condenando la usura. Pero el clero
siempre permaneció fiel al mismo sistema, tratando de recuperarlo
siempre, y trató de mantenerlo aún después de las revoluciones liberales
del siglo XIX.
El clero no aceptó fácilmente la ruina de la cristiandad que para
él significaba una pérdida de poder y una derrota política, económica,
cultural. Después de haber dominado durante 15 siglos, él está ahora
expuesto a todas las críticas que permanecieron clandestinas durante
los 15 siglos. Pues la acusación hecha al clero de que a nombre
de Jesucristo, quería dominar la sociedad, se repite incansablemente
desde los últimos siglos. Por supuesto jamás el clero aceptará esa
acusación, porque siente que sus intenciones son diferentes. El
clero invoca sus buenas intenciones en lugar de contemplar los hechos
y las estructuras. En sus intenciones, se trata de defender el pueblo
cristiano contra el poder económico (de los otros) el poder político
(de los otros) y contra las amenazas de corrupción que emanan de
una cultura no controlada por el clero. Sin embargo los seglares
miran las cosas con más objetividad.
Esta objeción se ha hecho al clero durante siglos. Siempre fue rechazada
con indignación por el clero. Este no acepta un examen objetivo
y crítico del significado objetivo de sus actos. Cree que está viviendo
una vida de servicio y su vida puede ser una vida de dominio en
la que los seglares practican el servicio de modo permanente y no
los sacerdotes.
Siempre más se repitió la acusación de que el clero quería dominar
las conciencias. Que quisiera dominar la sociedad, era todavía soportable.
Pero el dominio sobre el pensamiento, la conciencia moral, los valores,
esto era insoportable y engendró una reacción terrible. Por que
se sabía que el control de las conciencias era aceptación del orden
establecido, de la sociedad establecida. El control de las conciencias
tenía por finalidad la sumisión de los católicos a la sociedad establecida,
la sociedad de cristiandad. Era esencialmente conservador y muchos
laicos lo sentían así. En lugar de ser un fermento de libertad,
la Iglesia era el principal obstáculo a la libertad. El clero aparecía
como clase ligada a la mantención de los poderes constituidos.
La cristiandad ya no existe como totalidad. Sin embargo subsiste
en fragmentos de la sociedad, los fragmentos más conservadores que
mantienen un pequeño mundo en el que todavía se practica la fidelidad
a los comportamientos tradicionales de la sociedad rural medieval.
Todavía el clero se preocupa con mantener y fortalecer lo que le
queda de poder en la Iglesia. Mantiene por los mismos medios su
poder sobre la fracción de la población que le permanece fiel.
VATICANO II
Vaticano II recibió durante sus asambleas muchas denuncias de clericalismo,
juridicismo, burocratismo etc. No pudo ocultar las críticas que
se hicieron durante 15 siglos y nunca fueron acogidas. De allí salió
una teología renovada del pueblo de Dios y del papel de la Iglesia
en el mundo. Sin embargo, cuando se trata de definir el papel de
los obispos, del clero ya sea en Lumen Gentium o en los documentos
dedicados explícitamente al clero, la doctrina es tradicional y
no se toma en cuenta los problemas levantados. Se multiplican las
exhortaciones morales, pero nada cambia en las estructuras. No se
toca el problema del poder y la relación entre la búsqueda del poder
y la definición del clero que prevaleció durante 15 siglos. Volvieron
a la doctrina conservadora tradicional. En esta todos los problemas
sociales se reducen a problemas morales. Si los sacerdotes tuvieran
más virtudes, no habría problemas. En realidad si tuvieran más virtud
no soportarían la actual estructura. Es imposible imaginar un clero
hecho de puros santos. El comportamiento del promedio depende de
las estructuras. Si estas estructuras son estructuras de dominación
que no conceden al pueblo cristiano ninguna participación en el
poder, la exhortación moral será inútil. Se convertirán los que
no necesitan conversión y los que la necesitan no irán a darse cuenta
de la dominación que ejercen.
Los textos de Vaticano II no entran en el mayor problema que en
la mente de muchos obispos, era el mayor problema del siglo: el
problema del clero. Muchos otros no podían liberarse del modelo
que tenían en la mente y era el rol tradicional del sacerdote como
miembro de la clase privilegiada, como funcionario de los sacramentos
y defensor del poder de la Iglesia. Dada esta división en el episcopado,
no se tocó en el problema.
No se tocó tampoco en la cuestión de la relación entre el clero
y el poder político. En realidad muchos pensaban que el partido
demócrata cristiano iba a solucionar todos los problemas, restituyendo
a la Iglesia una posición privilegiada e impidiendo un cambio de
las leyes que fuera desfavorable al clero, o sea, que signifique
una reducción del poder del clero en la sociedad, tanto en los códigos,
como en la cultura, la educación, los servicios de salud. Contaban
con el apoyo de partido políticos católicos para evitar que la Iglesia
tuviera que renunciar totalmente a su poder en la sociedad. El mundo
cambia, pero la estructura histórica de la cristiandad se mantiene
por lo menos como ilusión en la mente del clero.
Una vez que el Concilio no quiso o no pudo entrar en la cuestión
del clero, lo que sucedió era previsible. En el primer mundo las
vocaciones desaparecieron: no había más credibilidad. En el tercer
mundo las vocaciones son numerosas pero basadas en el principio
de cristiandad: el sacerdocio ofrece poder en la sociedad y en la
Iglesia, lo que es un atractivo grande para los pobres que tienen
pocos canales de ascensión social.
IDEALISMO Y REALISMO
Juan Pablo II tuvo como una de sus prioridades la restauración del
poder social del clero. Creyó que uno de los medios más eficientes
sería la restauración de la disciplina tradicional, lo que restablecería
la auto-estima del clero. Por lo menos trató de hacerlo y lo logró
en parte por lo menos. Restauró la separación entre el clero y los
laicos, y entre el clero y la sociedad, para evitar las tentaciones.
Incansablemente hizo todo lo posible para elevar el status del clero.
Multiplicó los documentos dirigidos al clero, por ejemplo, con ocasión
del Jueves Santo de cada semana santa.
Estos documentos manifiestan siempre una concepción idealista del
sacerdocio. No toman en cuenta las condiciones materiales, sicológicas
y sociales de la vida sacerdotal. Ignoran los problemas de los sacerdotes
de los años 60, nunca superados, y que continúan produciendo los
mismos efectos (abandono del sacerdocio, crisis de identidad). Toda
esa problemática es tratada como una deficiencia moral. Se soluciona
por una afirmación más fuerte de la doctrina, o sea, por una acentuación
de la ideología tradicional del clero.
El Papa toma como punto de apoyo los movimientos sacerdotales como
Opus Dei, Legionarios de Cristo, Sodalitium y otros movimientos
sacerdotales. Todos son integristas en la doctrina, rigoristas en
la moral, inflexibles en la disciplina. Son la encarnación de la
ley total. Su motor es la ideología clerical, tal como ella fue
definida después del Concilio de Trento. Estos movimientos deben
mostrar el ejemplo a la masa de los sacerdotes. Serían los conductores
del clero. El Papa les concedió el papel que tuvieron los jesuitas
en la Iglesia tridentina.
Sucede que estos movimientos son fascinados por el poder. Manifiestan
una voluntad férrea de acumular riqueza material, prestigio social,
poder político, poder cultural. Fundan instituciones poderosas supuestamente
destinadas a la evangelización. No se dan cuenta del espectáculo
que ofrecen a la sociedad, espectáculo de sectas religiosas a la
conquista del poder. No ven que les va a pasar lo que les pasó a
los jesuitas en el siglo XVIII. Hacen alianza con los poderosos,
con las instituciones dominantes de la sociedad occidental. Son
absolutamente ignorantes de la voz que se levanta desde el mundo
de los oprimidos. Ignoran este mundo porque su mundo es el de los
dominadores.
En este momento en América latina estos movimientos sacerdotales
están de hecho conquistando grandes poderes en todos los sectores,
sobre todo en la economía y en la política. Actúan por intermedio
de elites laicales que les están totalmente subordinadas. Se crean
un laicado fanático totalmente desproveído de espíritu crítico y
de libre iniciativa.
El clero inspirado por tales ejemplos se hace puramente oportunista.
Cree que el marketing religioso va a solucionar los problemas de
la evangelización. Creen que por medio de la manipulación de los
medios de comunicación será posible rehacer una nueva cristiandad
en la que la Iglesia de nuevo podrá gobernar el mundo.
Como en la cristiandad, creen que van a evangelizar con el poder,
por medio del poder, y aumentando su poder. Creen que su poder va
a convencer a los cristianos y someterlos a su dominio. No ven que
el mundo ha cambiado y que los laicos de hoy no son todos como los
laicos de otros tiempos. Creen que el ejemplo de los movimientos
sacerdotales integristas va a conquistar la sociedad y fundar un
nuevo clero semejante al antiguo y basado en la misma teología.
Y creen que los laicos van a someterse a la disciplina del integrismo.
¿Cuáles serían las orientaciones nuevas con relación al poder en
la Iglesia hoy día?
1. En primer lugar se necesita reconocer el poder de los laicos,
basado en los carismas y dones espirituales que recibieron, las
responsabilidades evangelizadoras que asumen, etc.
2. En todas las instancias, desde el concilio ecuménico hasta los
consejos parroquiales los laicos deben tener voz deliberativa y
pueden decidir con el clero en todo lo que no se refiere a la doctrina
definida definitivamente.
3. Los laicos deben tener voz activa en las elecciones en todos
los niveles desde la elección del Papa hasta la elección de los
párrocos.
4. Los laicos deben tener voz deliberativa en lo que se refiere
a la liturgia, a la catequesis y la organización de la Iglesia.
5. El principio básico es que el poder no puede ser concentrado
en una sola persona.
6. La base de toda la reforma del sistema de poder es la publicidad.
La preparación de las decisiones debe ser abierta, publicada y los
documentos necesarios deben estar a disposición de todos. No puede
haber secreto de los nombramientos, ni de las decisiones prácticas
tomadas por una sola autoridad.
7. Es necesario crear una instancia jurídica independiente en la
que las personas que se sienten víctimas de injusticia puedan recurrir.
En la actualidad, un laico no tiene defensa frente al clero o a
los religiosos; las religiosas no tienen defensa frente al clero;
los sacerdotes no tienen defensa frente al obispo; y los obispos
no tienen defensa frente al Papa.
El principio básico es que el poder está en todos los cristianos
aunque en grados distintos y que la estructura debe reconocer esta
situación.
El segundo principio es que ninguna persona humana representa sencillamente
el poder de Dios y por lo tanto puede ser corregido en todo lo que
no es poder de Dios, sino afirmación de sí mismo. Para eso debe
haber una corrección fraterna que debe ser pública.
El poder de Dios crea, construye, edifica, aumenta, confiere más
libertad.. Todos los poderes eclesiásticos que no actúan en ese
sentido, no son poder de Dios y deben ser contenidos, limitados,
corregidos estructuralmente. Las estructuras deben sacar las oportunidades
de abusos de poder. Pues, en la Iglesia hay abusos de poder como
en cualquier sociedad, y para disminuirlos es necesario que haya
normas que equilibran los poderes de todos.
(*) JOSÉ COMBLIN
Teólogo, escritor y filósofo belga, nació en 1923. Sacerdote secular.
Doctorado en teología en la Universidad de Lovaina en 1950. Actualmente
radicado en Nordeste de Brasil en Joao Pessoa (Estado de Paraíba).
Ha vivido más de 15 años en Chile, sin prejuicio de sus constantes
viajes a diversas partes del mundo en donde entrega través de seminarios,
foros, conferencias y reuniones variadas su visión económica, política
y social desde la perspectiva cristiana. Somos uno de sus grandes
amores. El otro es Brasil. Es considerado uno de los más relevantes
teólogos del mundo. Autor de más de 66 libros y 340 artículos. Sus
obras más famosas, son sus exposiciones críticas de la Doctrina
de Seguridad Nacional y del Neoliberalismo, además de temas antropológicos
y eclesiales como Antropología Cristiana, Cristianos Rumbo al siglo
XXI, Vocación a la Libertad y "O povo de Deus" (El Pueblo de Dios).
Además sus Teologías de la Paz, Teología de la Ciudad y Teología
de la Revolución, así como sus comentarios Bíblicos a Epístolas
de Pablo y los hermosos ensayos sobre Jesús de Nazareth y la Oración
de Jesús.
En 1972 un decreto del gobierno militar del Brasil impide a Comblin
seguir trabajando en ese país. Viene a Chile en donde ejerce docencia
en teología, pero en 1981 un decreto del Gobierno Militar de Chile
le impide reingresar al país, después de un viaje. Regresa a Brasil
donde lo recibe el Arzobispo de Recife don Helder Camara. Fue uno
de los teólogos expertos que participó en las Conferencias de Obispos
Latinoamericanos de Medellín (1968) y de Puebla (1979), como asesor
de don Helder Camara y del Cardenal Arns de Sao Paulo.
En el año 2001 publica el libro "El Neoliberalismo. Ideología dominante
en el cambio de siglo". Una de sus citas: "La sociedad neoliberal
desintegra, destruye cualquier comunidad. Ella no tiene un proyecto
para la sociedad. El capitalismo puro es un mecanismo que funciona
por sí y para sí mismo".. Sobre este tema ha escrito diversos artículos
entre ellos "Críticas a la ideología Neoliberal y caminos de salida".
Por otra parte la ponencia sobre "Ética, política y derechos humanos
hacia el futuro", analiza la actual problemática política mundial,
con referencias a la guerra preventiva contra el terrorismo de Bush
contra Irak después de la crisis de las torres gemelas, y en que
critica cómo la guerra preventiva contra el terrorismo lo justifica
todo. A tal problemática también pertenece el artículo "Reflexiones
cristianas sobre Afganistán, la guerra y Porto Alegre".
En el año 2003 publica el libro "La esperanza de los pobres vive",
una obra en conjunto con 60 colaboradores latinoamericanos, con
artículos, estudios y experiencias liberadoras de amigos de J. Comblin
y de él mismo, en celebración de sus 80 años.
El MOVIMIENTO TAMBIEN SOMOS IGLESIA-CHILE, ofrece gratuitamente
transcripciones de conferencias, charlas, foros y artículos, de
variadas temáticas que periódicamente está realizando el P. José
Comblin. Para ello solamente tienen que solicitarlas al fono-fax
696 4491, indicando su dirección, teléfono y/o correo electrónico.
Algunos de sus títulos son:
* Reflexiones cristianas acerca de Afganistán, la guerra y Porto
Alegre.
* Humanismo Cristiano - Humanismo Marxista, rumbo al s. XXI: J.
Comblin y J. Cademartori.
* El Neoliberalismo y los desafíos para las universidades católicas.
* Críticas a la ideología neoliberal y caminos de salida.
* La teología del Espíritu Santo hoy día.
* 40 años después del Vaticano II. Perspectiva Religiosa.
* El sacrificio en la teología cristiana.
* Carismas del Espíritu Santo y Experiencia Religiosa.
* Corrupción y sistema neoliberal en Chile y Brasil.
* Ética, política y derechos humanos hacia el futuro.
* Teología de la reconciliación.
* Coyuntura Mundial y Latinoamericana: Los Movimientos Sociales
y Políticos Desafiados.
* Coyuntura Mundial y Latinoamericana: El Cristianismo Desafiado.
* Las dos manos de Dios.
* El Espíritu y la Trinidad.
* El imperio del Terror.
* La democratización del poder económico mundial: FMI-Bancos y Empresas
Transnacionales. Desafío para el Foro Social Mundial Porto Alegre
2005. Brasil.
* La opción por los pobres en la nueva conceptuación teológica.
* Los Santos Padres de América Latina.
* Cambio de época, globalización y experiencias religiosas.
* Iglesia y Poder.
* Sociedad del saber y las responsabilidades de las nuevas elites
del saber.
* Cristianismo y política.
* Puebla 20 años después.
* Familia popular en América Latina. LA PAZ ES OBRA DE LA JUSTICIA
LA PAZ ES OBRA DE LA JUSTICIA
Correo:
somosiglesiachile@hotmail.com
Otra Iglesia Es Posible
Cuadernos Movimiento Somos Iglesia-Chile
Sótero del Río 475, Oficina 203, fono-fax 6964 491, Santiago-Chile