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1. El anuncio central de Jesús como Buena Noticia
En las cristologías actuales es lugar común reconocer que el dato
histórico más cierto que tenemos de la vida de Jesús es que el tema
central de su predicación, la realidad que daba sentido a toda su
actividad, fue el reinado de Dios. Jesús no predicaba a "Dios" simplemente,
ni a la Iglesia, ni a sí mismo, sino el reinado de Dios (1). La
centralidad del reino de Dios en Jesús y en los evangelios es bastante
obvia: aparece 122 veces en los evangelios y, de ellas, 90 en labios
de Jesús.
En los evangelios sinópticos podemos inferir tal centralidad, desde
lo que algunos teólogos han denominado el "círculo significativo"
(2). Este está constituido por tres ocasiones decisivas: (a) la
fuente marciana que nos brinda un resumen de la predicación inicial
de Jesús; (b) la fuente común (Q) a Mateo y Lucas que nos presenta
la respuesta de Jesús a la cuestión decisiva del Bautista sobre
si Jesús era el que había de venir; y (c) el sermón de la montaña
de Mateo y Lucas, donde al parecer Jesús muestra el juicio o visión
de Dios sobre la realidad de Israel, que vendrá a inspirar toda
la actividad de Jesús.
En la primera ocasión decisiva, Marcos resume la Buena Nueva del
reino en cuatro puntos: el plazo está vencido, el reino de Dios
llegó, cambien de vida y crean en la Buena Nueva (Mc 1,15). Juan
Luis Segundo interpreta este texto de la siguiente manera:
Como se ve, el reino de Dios es "lo que ha de venir" y, por fin,
llega, ya que el tiempo de su venida se ha cumplido y está, por
tanto, cerca. Por otro lado, la necesidad de conversión, es decir,
de un cambio radical de mentalidad (o actitud), apunta al hecho
de que ese reino o bien no es esperado o bien es esperado de otra
forma. Para quienes están en uno u otro caso, la proximidad del
reino no es, sin más, una buena noticia en la que se puede creer
espontáneamente sin un cambio profundo (3)
La segunda ocasión está expresada en una duda que acomete al Bautista
con respecto a Jesús: ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar
a otro? (Mt 11, 2-6; Lc 7, 22-23). Según Mateo (11, 5-6), Jesús
responde a esta pregunta mostrando "signos de los tiempos". Vayan
y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los
cojos andan, los enfermos quedan sanos, los sordos oyen, los muertos
resucitan, y los pobres son evangelizados. En este caso, si bien
no aparece el término reino de Dios, está implícito en la pregunta
por el que ha de venir. Si el reino ya llegó, entonces se debe buscar
y encontrar en las cosas que Jesús pasa haciendo y diciendo.
La tercera ocasión decisiva en la que constatamos la centralidad
del reino para Jesús, aparece en las bienaventuranzas (Mt 5, 3ss;
Lc 6, 20ss). Cierto es que las bienaventuranzas han tenido distintas
lecturas (4) no siempre apoyadas en el propio Jesús. No obstante,
una lectura cristiana de las mismas nos lleva a una relación intrínseca
entre pobres, buena noticia y llegada del reino. En palabras de
Ellacuría, "esta lectura cristiana supone que los destinatarios
principales del mensaje del reino son los pobres y supone, además,
que en este primer anuncio solemne del reino se dibuja lo que pudiéramos
considerar la carta fundacional de la Iglesia de los pobres" (5).
En las bienaventuranzas Jesús define quiénes son las personas que
pueden pertenecer al reino: los pobres, los mansos, los afligidos,
los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los
de corazón limpio, los constructores de la paz y los perseguidos
por causa del reino. Jesús anuncia el reino desde la existencia
real de los que sufren, pasan hambre, son perseguidos, etc. Para
ellos el reino de Dios llega como buena noticia, concreta e histórica.
Cuando el reinado de Dios se ejerce en la realidad, las cosas cambian
y cambian radicalmente, y ese cambio contiene y se orienta como
una buena noticia. Así lo entendían los oyentes de Jesús que vivían
de las ideas y de las tradiciones del Antiguo Testamento. José María
Castillo explica en este sentido que en Israel "existía una profunda
corriente de pensamiento según la cual se deseaba la venida de un
rey que, por fin, iba a implantar en la tierra el ideal de la verdadera
justicia (Sal 44; 72; Is 11, 3-5; 32, 1-3. 15-18)" (11). Frente
al dominio injusto de los poderosos, los pequeños (pobres) esperaban
y ansiaban un nuevo orden con justicia, donde se defendiera eficazmente
al que por sí mismo no puede defenderse (desvalidos, forasteros,
débiles, pobres, viudas y huérfanos)
Desde la perspectiva de los destinatarios concretos, el reinado
de Dios anunciado por Jesús es una buena noticia, en cuanto asume
y hace realidad esta esperanza. Sus hechos lo constatan: acoge y
devuelve la dignidad a los considerados inmorales (Mt 21, 31-32;
Mc 2, 15; Lc 7, 37-50); a los paganos y samaritanos (Lc 7, 2-10;
Jn 4, 7-42); a los leprosos y poseídos del demonio (Mt 8, 2-4);
a las mujeres, niños y enfermos (Mc 1, 32; Mt 8,16); a los pobres
sin poder (Mt 5,3; Lc 6,21; Mt 11,25). El reinado de Dios llega
como buena noticia porque su cercanía implica el fin de la pobreza,
de los sufrimientos, de la discriminación, el fin de la situación
de desamparo y abandono en el que se encuentran los que no tienen
lugar en la sociedad. Tan es así, que algunos teólogos (6) afirman
que el resumen del evangelio y de toda la predicación de Jesús no
es el "Reino (o la salvación), ha llegado", sino "la salvación ha
llegado a los pobres, a los pecadores". Aquí radica lo bueno y lo
nuevo del reino.
Lo bueno: el reino viene para cambiar la situación de los pobres
y ponerle fin a esa realidad inhumana. Que los pobres posean el
reino de Dios, no es un mérito de ellos, ni menos aún la consecuencia
de un valor que tendría la pobreza. La razón es la opuesta: lo inhumano
de su situación de pobres. El reino viene porque Dios es "humano",
porque no puede sufrir esa situación y viene a hacer cumplir su
voluntad sobre la tierra: que la pobreza cese su obra destructora
de humanidad (7)
Lo nuevo: con el reinado de Dios los fundamentos del antiguo orden
se conmoverán: los últimos serán primeros (Mc 10, 31), los pequeños
serán grandes (Mt 18,4), los humildes serán maestros (Mt 5,4), los
enfermos serán curados, los sordos oirán (Mt 11,5) y los oprimidos
serán liberados (Lc 4,18). La situación de los seres humanos ante
Dios se verá transformada: los pecados serán perdonados (Mt 6,14),
los hijos de Dios se encontrarán en la casa paterna (Lc 15,19) y
se desbordará la risa alegre del tiempo de la liberación (Lc 6,21)
(8)
2. La resurreción de Jesús como Buena Noticia
Así como la muerte de Jesús está en íntima relación con su vida,
su anuncio y sus prácticas; la resurrección también está íntimamente
conectada con la vida, con la muerte (en la cruz) y con el anuncio
de Jesús sobre el reinado de Dios (9). Como dice Leonardo Boff,
"no se puede narrar la muerte y la resurrección de Jesús prescindiendo
de su vida. Una cosa es consecuencia de la otra y ambas forman el
camino concreto e histórico de Jesús" (10).
Esta unidad entre vida-muerte y resurrección de Jesús, está presente
en el kerygma primitivo, no sólo en un sentido lógico-cronológico
(sin muerte no puede haber resurrección), sino en un sentido mutuamente
explicativo: "a quien ustedes asesinaron, Dios resucitó" (Hech 2,23s)
Este vínculo se mantiene en el Nuevo Testamento y se ha articulado
teológicamente con la expresión: "el resucitado es el crucificado"
(11)
Veamos qué significó y cómo fue anunciada la Buena Nueva de la resurrección
para la comunidad primitiva (12):
(a) La resurrección rehabilitó a Jesús ante el mundo. La muerte
en la cruz había hecho de Cristo, a los ojos del mundo, un ser abandonado
por Dios (Gal 3,13). Pero ahora todo se revoluciona: vuelven a creer
en él no como en un mesías-libertador nacionalista, sino como en
el Hijo del Hombre (Rm 1,4; Hech 13,33); Mt 28,18). Y con todo valor
se atreven a proclamar ante los judíos: "Ustedes lo entregaron a
la muerte... Pero Dios le ha resucitado de entre los muertos (Hech
3,15; 4,10; 5,30). Esa fe llegará a articularse cada vez con mayor
profundidad, hasta descifrar el misterio de Jesús como el propio
Dios que visitó a los seres humanos en carne mortal.
(b) Con la resurrección de Jesús se ha dado comienzo ya al fin del
mundo. Con la salida de Jesús del sepulcro comenzaron a fermentar,
en medio del mundo viejo, los nuevos cielos y la nueva tierra: el
fin es inminente (Cfr. Rom 5,17; 1 Cor 15,45ss; 2 Cor 5,10)
(c) La resurrección reveló que la muerte de Jesús fue por nuestros
pecados. La resurrección vino fundamentalmente a revelar que Cristo
no era ningún malhechor, ni había sido abandonado por Dios, ni fue
un falso profeta y mesías. Mediante la resurrección, Dios lo rehabilitó
ante los hombres. La maldad, el legalismo y el odio de los seres
humanos le habían arrastrado hasta la cruz, aun cuando lo hicieran
en nombre de la ley sagrada y del orden establecido. Pero Dios no
aprobó lo que se hizo con Jesús y lo resucitó dándole todo el poder
(Hech 13,15). Dicho en palabras de J.I. González Faus, "la resurrección
es el ´sí ´que da Dios a la pretensión de Jesús, desautorizando
el ´no´ de los representantes oficiales" (13)
(d) La muerte y la resurrección dieron origen a la Iglesia. El reinado
de Dios, que en la predicación de Jesús tenía una dimensión cósmica
(Dios todo en todos y en todo), apenas pudo realizarse, debido al
rechazo de los judíos, sino en una única persona: Jesús de Nazaret.
Pero se dejó abierto el camino para la posibilidad de existencia
de una Iglesia con la misma misión y el mismo mensaje de Cristo:
anunciar e ir realizando paulatinamente el reinado de Dios en medio
de los seres humanos. La misión surgió del convencimiento de que
el Resucitado es el Señor de todas las cosas. Esta Buena Nueva se
presenta como el anuncio del perdón de los pecados, el llamado a
la conversión, la posibilidad de reconciliación, la certeza de liberación
de las fuerzas y potestades del mal, la seguridad de absoluta apertura
y acceso a Dios Padre.
El anuncio de la Buena Nueva de la resurrección, no es la transmisión
de una doctrina, ni la imposición de una moral, sino el convencimiento
de que algo nuevo y decisivo se ha producido. Para los primeros
cristianos creer en la resurrección significaba volver a Jerusalén,
reunir a la comunidad y compartir las experiencias, sin miedo a
los judíos ni a los romanos (Lc 24,33,35). Significaba recibir la
fuerza del Espíritu Santo, abrir las puertas, anunciar la Buena
Noticia a la multitud (Hech 2,4) y tener la valentía de decir: "Hay
que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech 5,29). Proclamar
y ser testigo de la resurrección de Jesús signficaba creer que Dios
es capaz de sacar vida de la misma muerte (Heb 11,9), es creer que
el mismo poder que Dios usó para resucitar a Jesús de la muerte,
será usado también en los seguidores y seguidoras de Jesús, por
medio de la fe (Ef 1, 19-23)
Para Sobrino con la resurrección de Jesús, el Nuevo Testamento proclama
una triple novedad: primera, el Dios que resucita a Jesús no es
ya simplemente Yahvé, es un nuevo Dios por la novedosa acción escatológica
que ha realizado en Jesús (es una revelación del Dios trino: Dios
resucitó a Jesús y derramó su Espíritu sobre aquellos que fueron
sus testigos); segunda, de lo acaecido a Jesús se pasará a reflexionar
sobre su propia realidad, y de ahí se llegará a la proclamación
de su indisoluble unión con Dios; tercero, a los seres humanos se
les ha dado la gracia de verlo y la misión de testimoniarlo, se
les ha dado el Espíritu para conocerlo y seguirlo (14).
Según lo planteado arriba, la resurrección nos revela algo fundamental
de Dios, de Jesús y de nosotros mismos. Y eso que se revela es buena
noticia. Veamos en qué sentido lo es (15): Dios resucitó a quien
"pasó haciendo el bien y liberando a todos los poseídos por el diablo
(Hech, 10,38). El resucitado es Jesús de Nazaret, quien anunció
el reino de Dios a los pobres, denunció a los poderosos, fue perseguido
y ajusticiado y mantuvo en todo una fidelidad radical a la voluntad
de Dios. Si Dios ha resucitado a quien ha vivido de esa forma y
a quien por ello fue crucificado; la resurrección de Jesús no es,
entonces, sólo símbolo de la omnipotencia de Dios, sino que es presentada
como la defensa que hace Dios de la vida del justo y de las víctimas.
El Dios que se nos revela en la resurrección es un Dios de la vida
que se enfrenta a los ídolos de la muerte. L. Boff considera que
"a través de la resurrección se puso de manifiesto que Dios había
tomado partido por los crucificados. El verdugo no triunfa sobre
la víctima. Dios resucitó a la víctima y con ello, no frustró nuestra
ansia de un mundo al fin justo y fraterno" (16). En la resurrección,
pues, se nos revela un Dios que triunfa sobre los ídolos de la muerte,
un Dios que reinvindica la dignidad del justo y de la víctima. Eso,
en un mundo donde parece que triunfa la injusticia y el verdugo,
donde parece que los ídolos de la muerte tienen más eficacia que
el Dios de la vida, resulta ser, en definitiva, una buena noticia.
En este mismo orden Sobrino plantea que, con respecto a Jesús, la
resurrección no sólo posibilita ser re-conocido, sino que llega
a ser conocido en plenitud (17) . La resurrección pone de manifiesto
la impensada relación que tiene Jesús con Dios. Este vínculo para
nada supuso merma de su humanidad: lo histórico de Jesús le pertenece
a Dios, lo divino se hace real en lo humano y en lo humano abajado.
Los títulos cristológicos son modelos teóricos para expresar, desde
la fe, la especial realidad de Jesús revelada en la resurrección
(toda la vida de Jesús revela a Dios). Por su contenido, unos títulos
expresan directamente la relación de Jesús con el reino de Dios
(mesías, hijo de hombre, profeta); otros, su relación con Dios (hijo
de Dios, palabra). Por lo que toca al momento de la existencia de
Jesús, unos explican el significado de su existencia terrena (profeta,
siervo, sacerdote); otros, su significado en el futuro (mesías,
hijo de David); otros su significado a lo largo de la historia (señor,
salvador); otros, su realidad trascendente (preexistente, palabra,
hijo de Dios, Dios)
El Nuevo Testamento, según Sobrino, cuando aplica títulos a Jesús
opera de dos maneras: la primera, consiste en afirmar que Jesús
es alguien muy especial, excepcionalmente relacionado con Dios y
con la realización de la voluntad de Dios para los seres humanos;
la segunda, consiste en decir que ser señor, ser profeta, ser sumo
sacerdote, ser hijo eso es Jesús. Incluso que ser Dios eso es lo
que ha aparecido en Jesús (18). En todo caso, cada uno de los títulos
otorgados a Jesús, después de la resurrección, significaban una
buena noticia y eran comprendidos a partir de la realidad de Jesús
(así de humano, sólo puede ser Dios, Jesús es la presencia de Dios
en nuestra historia)
Finalmente, ¿qué nos revela del ser humano el acontecimiento de
la resurrección? Para L. Boff, la resurrección viene a responder
a los problemas más punzantes del corazón humano, que se resumen
en la pregunta: ¿Qué va a ser del ser humano? El ser humano trata
de realizarse a todos los niveles, en el cuerpo, en el alma, en
el espíritu, en la vida biológica, espiritual y cultural. Pero,
en este anhelo, se ve continuamente obstaculizado por la frustración,
por el sufrimiento, por el desamor y por la falta de unión consigo
mismo y con los demás (19). La dinámica humana del principio-esperanza
se ve históricamente bloqueada y, en ciertos momentos, negada. Con
la resurrección de Jesús esa dinámica humana se sitúa en un marco
de plenitud de sentido y de coherencia (20). De ahí que para Boff
la resurrección implica:
La escatologización de la realidad humana, la introducción del hombre,
cuerpo-alma, en el reino de Dios, la total realización de las posibilidades
que Dios puso dentro de la existencia humana. De este modo fueron
aniquilados todos los elementos alienantes que atenazaban la vida,
tales como la muerte, el dolor, el odio y el pecado. Para el cristiano,
a partir de la resurrección de Jesús, ya no hay utopía (que no existe
en ningún lugar), sino únicamente topía (que existe en algún lugar).
La esperanza humana se realizó en Jesús resucitado y ya se está
realizando en cada hombre (21)
Sobrino ahonda sobre el principio-esperanza del que nos habla Boff,
pero poniendo especial énfasis en la perspectiva de la víctima.
En este sentido afirma que en América latina, la hermenéutica del
principio esperanza se ha visto enriquecida con una intuición fundamental
y universalizable: la esperanza no tiene que ver sólo con la total
realización de las posibilidades de la existencia humana, sino que
es la esperanza de justicia para el débil y una vida para la justicia
(22). A la luz del pensamiento de estos dos autores (Boff y Sobrino)
y de la propia realidad latinoamericana, podemos afirmar que la
resurrección de Jesús - tal como la presenta el Nuevo Testamento
- es buena noticia en tanto representa el triunfo de la vida sobre
la muerte (la vida está llamada a la vida, porque éste es el designio
de su Creador); el triunfo de la justicia sobre la injusticia (el
fin de la injusticia en la historia); la reivindicación de la dignidad
de la víctima (el verdugo no triunfa sobre su víctima); la confirmación
y salvación del justo (Dios resucitó al crucificado y, con ello,
confirma el anhelo de un mundo justo y fraterno)
3. El modo de ser de Jesús como Buena Noticia
En uno de sus más recientes escritos (23) Jon Sobrino afirma que
eu-aggelion puede significar tres cosas: primero, evangelio es lo
que anuncia e inicia Jesús, el Reino de Dios; segundo, evangelio
es la pascua de Jesús, su muerte y resurrección (que no tiene por
qué excluir la vida de Jesús); y, tercero, evangelio es el modo
de ser de Jesús en su servicio al reino de Dios y en su relación
con el Padre.
A juicio de Sobrino los dos primeros aspectos están suficientemente
claros en el Nuevo Testamento y han estado presentes en las cristologías
sistemáticas. No obstante, el tercer significado, que tiene que
ver con la forma concreta de cómo Jesús fue mediador del reino,
con qué espíritu llevó a cabo su misión, cómo se ganó la confianza
y la credibilidad del destinatario, no ha sido tomado con todo su
rigor y profundidad. Por consiguiente, si la mediación (el proyecto
del reino) no se realiza con independencia del mediador (Jesús)
y su particular modo de llevar a cabo ese proyecto, se torna vital
comenzar por discernir qué es lo que hizo de Jesús una buena noticia.
Tomemos como punto de referencia las "actitudes de Jesús" (24),
esto es, su conducta en una serie de campos como la ley judía, el
templo, los marginados, los endemoniados, los milagros, el perdón,
el seguimiento, la fe en Dios y, desde ese plano, preguntémonos:
¿qué es lo que impactó de Jesús que lo convirtió en buena noticia?
De entrada digamos que fue ese modo de ser donde se puso de manifiesto
todo lo que es auténticamente humano (25): la ira y la alegría,
la bondad y el rigor, la amistad y la indignación. Ejemplifiquemos:
hace uso de la violencia física contra los profanadores del Templo
(Jn 2, 15-17); le causa alegría el hecho de que Dios haya mostrado
a los sencillos las cosas que se ocultaron a los sabios y entendidos
(Mt 11, 25-26); se compadece de las muchedumbres hambrientas y desorientadas
(Mt 6,34); desenmascara a los que explotan al pueblo en la esfera
social o religiosa: ricos, escribas, fariseos, sacerdotes o gobernantes
(Mc 9, 33-37; Mc 10,23-26; Mt 15, 1-9); no quiere que sus discípulos
le llamen maestro, sino amigo (Lc 12,4; Jn 15, 13-15); se llena
de una profunda tristeza ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,
36); se indigna ante la dureza de corazón y la poca apertura y disponibilidad
al cambio (Mt 11, 20-24; 21, 31-32; Lc 7, 31-35).
Este modo de ser de Jesús provoca en el pueblo una creciente atracción
y admiración, mientras que en los líderes políticos y religiosos
genera rechazo y condena. El evangelio de Marcos registra muy bien
estas reacciones (26): a la gente del pueblo le atrae que Jesús
enseñe con autoridad y mande incluso a los demonios (1, 22.27);
que toque a las personas impuras, como al leproso, curándolo y contraviniendo
las leyes antiguas (1,45); que cure a un paralítico y perdone sus
pecados (2, 10-12); que intencionalmente ponga en entredicho y contraríe
las leyes, curando en día sábado (1, 21-28); que expulse los demonios
y dé de comer al pueblo compartiendo y multiplicando la comida (1,
34; 6, 34-44); que interprete con libertad y con tanta autoridad
las leyes y la palabra de Dios (2, 1-9; 3, -6; 7, 1-13)
La reacción de parte de los dirigentes del pueblo es, ciertamente,
muy distinta y distante de la asumida por las muchedumbres. Ante
el modo de ser de Jesús, los doctores de la ley decían: blasfema
contra Dios ( 2, 6-7); anda con pecadores y cobradores de impuestos
(2,16); está peseído por el demonio (3,22); quebranta la observancia
del sábado (2,24); no guarda el precepto del ayuno (2,8); no tiene
autoridad (11,28). En suma, mientras el pueblo en general, admiraba
mucho a Jesús (1, 26-28; 1,45; 2, 12; 4,41), los jefes del pueblo,
los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban prenderlo y eliminarlo
(3,6; 12,12; 14,1)
Entonces, ¿por qué el modo de ser de Jesús impactó tanto que resultó
ser de suyo evangelio? Sobrino enumera algunos rasgos esenciales
que responden a esta pregunta:
De Jesús impactó, sin duda, el mensaje de esperanza, sus actividades
liberadoras: milagros, expulsiones de demonios, acogida a los marginados,
su praxis de denuncia y desenmascaramiento de los poderesos, es
decir, llamó la atención su servicio al reino de Dios. Pero también
su modo de ser y hacer el reino ejerció un gran impacto. En Jesús
veían a alguien que hablaba con autoridad, convencido de lo que
decía, no como los que hablan como fanáticos irracionales o como
funcionarios a sueldo. En sus tribulaciones acudían a él y al perdirle
solución a sus problemas lo hacían con lo que, al parecer, era siempre
el argumento decisivo: 'Señor, ten misericordia de nosotros' (...)
Sus seguidores, discípulos, hombres y mujeres cercanas, quedaron
impactados por su autenticidad, su verdad, su firmeza, y, en definitiva,
por su bondad (27)
En suma, lo que hace que el modo de ser Jesús sea una buena noticia
(evangelio) es su talante compasivo, Jesús se conmueve hasta las
entrañas al ver a las muchedumbres angustiadas y desvalidas (Mt
9, 36). Se hace escandalosamente solidario con los leprosos, publicanos,
prostitutas, pecadores, niños y mujeres. Su talante compasivo no
disminuía su actitud crítica y profética. Su Buena Nueva para los
pobres fue a la vez mala noticia para los poderosos de su tiempo.
No fue neutral o imparcial. Se definió ante el conflicto social
y ante la dominación religiosa. Tomó partido inequívocamente en
favor de los pobres y de los excluidos (28). La compasión solidaria
y la indignación profética son dos actitudes fundamentales de la
vida de Jesús, de su ser más profundo, en las que se nos da una
Buena Noticia concreta e histórica.
4. Estructura de la evangelización fundante
La Buena Nueva anunciada por Jesús y los apóstoles estuvo configurada
por la cohesión entre Dios, pobres y liberación. En efecto, Jesús
comienza su actividad evangelizadora con una noción de Dios y de
reino de Dios. En su noción de Dios prevalece la idea de un Dios
bueno, providente, justo, soberano, parcial hacia los oprimidos.
El reino de Dios supone una transformación de una realidad de pecado
en una realidad de convivencia y fraternidad humanas que Jesús espera
como definitiva y trascendente, pero que quiere promoverla ya en
el tiempo que dure la existencia terrena (29). Según esto, la evangelización
fundante no consiste en una doctrina que se enseña (no se reduce
a indoctrinación), no se trata de una moral que se impone (moralismos
ahistóricos), ni de una ideología que se transmite (ideologización).
La Buena del reino es un hecho de vida, donde Dios está presente,
actuando, liberando a su pueblo.
Para C. Mesters, la estructura fundante de la evangelización expresada
en el vínculo reino de Dios, pobres y buena noticia de liberación,
es recogida por el Evangelio de Marcos (30), cuya preocupación fue
mantener viva la memoria de la vida de Jesús, en un contexto propenso
a relativizar o sustituir a Jesús de Nazaret, por un Cristo glorioso,
triunfador y todopoderoso, ajeno al proyecto y vida concreta de
Jesús.
Marcos, seleccionando bien algunos datos, indica cuáles son lo contenidos
de esa estructura: La Buena Nueva tiene como primer objetivo congregar
a las personas en torno a Jesús, y formar así comunidad (1,16-20);
la Buena Nueva hace surgir en el pueblo conciencia crítica frente
a los escribas (1,21-22); la Buena Nueva combate y expulsa el poder
del mal que destruye la vida humana y aliena a las personas de sí
mismas (1,23-28); la Buena Nueva debe permanecer unida a su raíz,
que es el Padre (1,35); la Buena Nueva exige que el misionero mantenga
la conciencia de su misión y no descanse en los resultados obtenidos
(1,36-39); la Buena Nueva acoge a los marginados y trata de reintegrarlos
a la convivencia humana de la comunidad (1,40-45); la Buena Nueva
provoca resistencia y conflictos: Jesús fue perseguido porque declaró
el bien de la persona por encima de cualquier ley (2,27;3,1-6),
fue perseguido porque se puso del lado de los más pobres, pequeños
y marginados (2,16-17), fue perseguido porque anunció y realizó
el proyecto del Padre, como algo totalmente diferente al sistema
del templo, de la sinagoga, al sistema de Herodes y del Imperio
romano (1,14-15). Por su parte, la resurrección vino a confirmar
que el crucificado no era ningún malhechor, ni había sido abandonado
por Dios, ni fue un falso profeta y mesías. Vino a revelar que ser
hijo de Dios, que ser Dios, es lo que ha aparecido en Jesús (Mc
12,10). La resurrección del crucificado es la expresión más completa
de la victoria de Dios sobre el poder del mal y la reivindicación
del justo y la víctima.
Esta relación intrínseca entre reinado de Dios, pobres y buena noticia
de liberación, aparece también claramente en las bienaventurazas.
"Felices los pobres (llorosos, hambrientos), porque de ellos es
el reino de Dios (Mt 5,3ss; Lc 6,20ss). Para ellos viene, para hacerlos
felices, quitándoles su pobreza (aflicción y hambre). J.L. Segundo
sostiene que "la versión de Lucas explica aún más en su trabajo
redaccional cómo sólo para los pobres constituye la venida del reino
una buena noticia, al añadir que esa noticia es mala para aquellos
a quienes el reino encuentre llenos de bienes. Sólo la conversión
(a la causa del pobre) podrá hacer lógicamente que la llegada de
reino sea - mediante el cambio de valores - ocasión de alegría,
evangelio" (31)
5. Significados de la evangelización
Del Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizadora es el título
de uno de los capítulos de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi,
de Pablo VI (32). Este sugerente título nos recuerda que no hay
evangelización cristiana sin una referencia esencial a la misión
de Jesús, a su resurrección y a su modo de ser en cuanto mediador
del reino. Para Pablo VI, "Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia
ante todo un reino, el reino de Dios; tan importante que, con relación
a él, todo se convierte en lo demás, que es dado por añadidura.
Solamente el reino es pues absoluto y todo el resto es relativo"
(n.8). La evangelización comienza, por tanto, anunciado lo que anunció
Jesús: la buena noticia de Dios como un buen Padre y del reino como
liberación y salvación. En este sentido el papa afirma que la Iglesia
tiene el deber no sólo de anunciar la liberación de millones de
seres humanos, sino también "el deber de ayudar a que nazca esta
liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total"
(n.30)
Pero, según esta exhortación, evangelizar significa también testimoniar
la buena noticia desde Jesucristo. "La Buena Nueva debe ser proclamada
mediante el testimonio" (n.21). "Será sobre todo mediante su conducta,
mediante su vida, como la Iglesia evangelizará el mundo, es decir,
mediante el testimonio de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego
de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo
(n.41). Sin ese testimonio de vida la predicación se hace ineficaz
(n.76), pues la palabra de la predicación tiene que ser servida
con la propia vida (n.78). En otras palabras, se tiene que evangelizar
según el modo cómo Jesús anució y realizó la buena noticia.
Supuestos estos dos significados, cobra relevancia hablar de la
evangelización como anuncio o proclamación de un mensaje. Para la
Evangelii Nuntiandi "no hay evangelización verdadera mientras no
se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino,
el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (n.22). Pero este
modo de evangelizar, insiste la exhortación, para que sea eficaz
tiene que estar respaldado mediante el testimonio.
En suma, tenemos aquí una equivalencia con la evangelización fundante:
la evangelización, según la Evangelii Nuntiandi, comienza por anunciar
lo que anunció Jesús (el reino de Dios para los pobres) e intentar
hacerlo como lo hizo lo Jesús (siguiendo su modo de ser en su relación
con el Padre y como mediador del reino). Así se llega a considerar
a Jesús como buena noticia, hecha definitiva con su resurrección.
La evangelización es cristiana en la medida en que se relaciona
con Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, coherente en su pensar
y en su obrar.
Notas:
1. Cfr. Pedro Casaldáliga y J.M Vigil, Espiritualidad de la liberación,
San Salvador, 1992, p.152.
2. Sobre este tema véase la obra de J.L. Segundo, El hombre de hoy
ante Jesús de Nazaret, II/1, Madrid, 1982, pp.127-153.
3. Ibid., p. 127.
4. I.Ellacuría, Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, San Salvador,
1985, pp-129-130.
5. Ibid.,p.130.
6. J.M. Castillo y J.A. Estrada, El proyecto de Jesús, Salamanca,
1985, p.35.
7. Esta perspectiva ha sido fundamentada con amplia suficiencia
cristológica por la teología latinoamericana. Merecen citarse nombres
como G. Gutiérrez, J. Sobrino, L. Boff, I.Ellacuría.
8. Cfr. J.L. Segundo, op.cit., p.160.
9. Estos textos giran en torno a la idea de que el reino de Dios
no es un territorio, sino un nuevo orden de las cosas. Idea muy
bien desarrollada por L. Boff, en Jesucristo Liberador, pp.68-69.
10. Cfr. L. Boff, Jesucristo y nuestro futuro de liberación, Bogotá,
1978, pp.3032.
11. L. Boff, Pasión de Cristo, pasión del mundo, Santander, 1980,
p.109.
12. Cfr. J. Sobrino, op. cit., p.31. El autor también aborda el
tema en Jesús en América Latina, San Salvador, 1982, pp.185-192;
Cfr. además J.I. González Faus, La Humanidad Nueva, pp.154-166.
13. J. I.González Faus, op.cit., p.163.
14. J. Sobrino, La fe en Jesucristo, p.44.
15. Sigo aquí las ideas planteadas por Sobrino en la obra arriba
citada sobre la hermenéutica de la resurrección, pp.69-182.
16. Cfr. L. Boff, Teología desde el lugar del pobre, Santander,
1986, p.147.
17. Cfr. J. Sobrino, La fe en Jesucristo, pp.213-351.
18. Ibid., pp.229-231.
19. Cfr. L. Boff, Jesucristo el liberador, p.147.
20. Cfr. J.I.González Faus, Acceso a Jesús, p.135.
21. Cfr. L. Boff. Jescristo el liberador, pp.147-148.
22. Cfr. La fe en Jesucristo, p.68.
23. J. Sobrino, La fe en Jesucristo, Ensayo desde las víctimas,
San Salvador, 1999, p.386.
24. J. I.González Faus, Acceso a Jesús, Salamanca, 1978, pp.45-46.
Véase además, del mismo autor, La Humanidad Nueva, Santander, 1984,
pp.57-114.
25. L. Boff, Jesucristo liberador, Santander, 1983, pp.102-104.
26. Cfr. L. Mosconi, La Buena Noticia de Jesús según San Marcos,
México, 1993, pp.48-49. El autor pone especial énfasis en el contexto
y preocupaciones del grupo que elaboró el texto sagrado.
27. J. Sobrino, La fe en Jesucristo, pp.388-389.
28. Cfr. P. Casaldáliga y J.M. Vigil, Espiritualidad de liberación,
San Salvador, 1992, p.155.
29. J. Sobrino, Resurrección de la verdadera Iglesia, San Salvador,
1989, p.299.
30. Cfr. C. Mesters, La Biblia en la Nueva Evangelización, p.33;
L. Mosconi, op.cit., pp.11-24.
31. Cfr. J.L. Segundo, op.cit., pp.128-129. El subrayado es nuestro.
32. Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica, Evangelii Nuntiandi,
1975, pp.11-19.
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