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Muchos que la ven desde fuera la perciben como una fortaleza;
férrea e inamovible, lejana a sus vidas pero presente e inquietante;
mirada indiferente la de bastantes; dejada por imposible por
otros; objeto de ataques y monumento pétreo del pasado para
no pocos. Desde dentro y desde fuera se dice de ella que está
fragmentada, que no hay manera de superar la discordia, el
desencuentro.
Y, sin embargo, si la Iglesia es Comunidad de Jesús lo es
en virtud de ser hogar, no como el viejo caserón de una desconfiada
madrastra, sino como la casa de una hermana y compañera. Su
mensaje tiene tanta fuerza que no necesita muros de recia
piedra, que son trincheras frente al temor y al miedo. En
la trinchera se vive agarrotado y a la defensiva o pensando
estrategias de ataque ante enemigos reales o fantasmas hijos
de ese miedo insano. El Espíritu de su Señor precisa de aire
libre, de mesa abierta, de acogida en igualdad y fraternidad,
de conversación de sobremesa, de rostros con nombre y color
diverso y plural. Es el calor del hogar, la casa de todos
los que le buscan y de los que tienen sed de conversar a solas
y en grupo con el papá de Jesús, el Padre que es también Madre,
el que no pone condiciones al amor porque se da todo por entero.
Su Señor no se sentía cómodo con el Templo; sus relaciones
con él fueron progresivamente más conflictivas; la 'casa de
su Padre' se había convertido en otra cosa, representaba una
caricatura donde se deformaba su rostro, cada peldaño era
una frontera amasada de rituales formales y vacíos, cada rincón
una instancia de poder, cada losa un fardo insoportable de
normas y doctrinas. Ya no podía ver la mejilla de su Padre
en ese 'santa santorum'. Sentía sus caricias en el desierto,
en las plazas, entre las gentes, en el corazón de los últimos,
de los desterrados y excluidos por aquel sistema político-religioso,
compartiendo mesa y viandas en la casa de un amigo, pobre
o rico, en la cima de un monte y al lado del arrullo de la
corriente de un río, a la sombra de un frondoso olivo y bajo
la escuálida higuera seca. La casa de Dios es la casa de los
amigos, donde el amor es gratuito, donde huele al sudor del
trabajo y al perfume que extienden manos comprensivas, donde
no hace falta el ayuno de alimentos y sí el del egoísmo y
la hipocresía.
"¿Qué habéis hecho de la casa de mi Padre?" ¿No lo diría también
hoy Jesús al vernos, al darse cuenta de nuestras divisiones,
de nuestra falta de escucha sin prejuicios, de una comunicación
tan deficiente que parece un diálogo de sordos? ¿Cómo es posible
que hayamos llegado a una situación en la que unos católicos
veamos a otros como peligro, como amenaza? ¿Cómo puede ser
que estemos sufriendo desde los diversos lados, unos a causa
de los otros? "Vosotros tenéis que ser uno, como mi Padre
y yo somos uno". ¿Es que es posible la unidad a base de apretar
tuercas para ser y pensar de la misma y única forma?
Cuanta más uniformidad hay, menos unidad se respira, porque
se ahoga la pluralidad, el respeto y la tolerancia; se ahoga
la libertad. La pluralidad reconocida y respetada es signo
de unidad. Cuando en una casa se excluye no es un hogar para
todos; Dios no se encuentra a gusto ahí, se siente apresado.
Yendo al fondo, para nosotros, los creyentes, la exclusión
del otro representa un fracaso de la fe, porque creer es cuestión
de confianza, que es lo contrario de estar dominados por el
miedo (el gran pecado, según el Evangelio). Cuando excluimos
lo hacemos por temor a la diferencia y a los diferentes, que
hacen tambalear nuestras falsas seguridades. ¿Dónde el amor?
¿Dónde las entrañas de misericordia? ¿Dónde el reconocimiento
de la íntegra dignidad de todos? ¿Dónde eucaristía, acción
de gracias en unión de fe y de corazones en una comunidad
de iguales, hermanos y hermanas?
Dentro de nuestra casa palabras tan hermosas como 'comunión'
se lanzan como puntas de dardos contra los considerados enemigos
("el enemigo principal está dentro, en casa", se dice). Llega
a tal punto el desencuentro que utilizamos las mismas palabras
queriendo decir cosas distintas, muchas veces contrarias.
Pero aun así, las palabras dichas con autenticidad no rompen
la unidad. Lo que rompe la comunión es la negativa a conversar-dialogar,
la descalificación de las personas, la prohibición de la libertad
de expresión. Las acciones que provocan ruptura son las de
advertir para controlar y silenciar al otro, amenazar, humillar,
discriminar, condenar. Ninguna de ellas casa bien con las
actitudes del Señor; otros eran sus verbos: acercarse, escuchar,
tocar, bendecir, compadecerse, invitar, proponer, perdonar,
querer, amigar, curar, enviar.
Hoy sigue siendo necesario disentir de la lógica del poder,
de quien a través de argumentos alambicados discrimina, ofende
y humilla al hermano o a la hermana, de quien se cree poseedor
de una única y dogmatizada verdad, sea considerado conservador
o progresista, de los de la ortodoxia o de los del Reino,
también de quien piensa que todo da lo mismo y cae en la dogmatización
del relativismo. Disentir no es malo; es un ejercicio de responsabilidad.
El Señor de nuestro hogar disentía constantemente porque era
una persona libre y alcanzó enormes cimas de fidelidad a sí
mismo y al Padre, de amor a todos los seres, pero con sanante
debilidad por quienes más sufrían. Es que el conocimiento
y el reconocimiento del sufrimiento del otro es la puerta
de la verdad humana más profunda, base de la humanización,
de una auténtica paz, acceso al misterio que somos cada persona,
rostro viviente de Dios. Es por ahí por donde hemos de empezar
o continuar; esos son los cimientos de una buena construcción.
El tejado es liviano y a dos aguas: 'gaudium et spes', alegría
y esperanza.
En la Iglesia-hogar cabemos todos porque el límite lo marca
el amor y éste no tiene fronteras. No lo marca ninguna formulación
de dogmas, ninguna forma concreta de organización, ninguna
doctrina. En el hogar no hay sumisión ni ruptura, sino profundo
respeto al otro en su libertad, porque hay afecto basado en
la libre amistad a la que somos invitados por Jesús de Nazaret.
En el hogar hay policromía, como diversas son las personas
y las familias, diversas las formas de amar, diversos los
modos de acceso a Dios. En la Iglesia siempre ha habido tensiones
y conflictos, pero esto forma parte del camino; no podemos
negarlas, sino asumirlas y colaborar para buscar luz. Entre
compañeros y compañeras de búsqueda. Esa sinfonía es la que
deleita al Padre, que así ha querido que seamos sus hijos
e hijas. Ese es uno de sus dones, regalo gratuito para nuestro
disfrute.
Y si es que no cabemos todos, es que no es hogar, no es fraternidad,
no es asamblea de iguales, no es Iglesia. Urgen los encuentros,
urge la conversación, urge el diálogo en libertad.
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