UN CAPITULO MAS EN UNA DOLOROSA HISTORIA QUE YA ES LARGA
LA
“PENITENCIA PERPETUA” IMPUESTA
A JON
SOBRINO.
Por Eduardo Hoornaert.
En el día 15 de marzo, la
Congregación Vaticana para la Defensa de la Fe procede a la promulgación de una “ penitencia” inflingida
al padre jesuita Jon Sobrino, nacido en 1938 en Bilbao, España, y residente
desde 1958 en El Salvador, donde fue teólogo de Don Oscar Romero. La penitencia consistirá en el “silencio más
absoluto” del teólogo, no en aquel” silencio de un año” impuesto a Leonardo
Boff, sino en un silencio perpetuo, en el apagar “per saecula saeculorum” una
voz que incomoda. ¿Cuál es la razón de tan severo procedimiento? ¿Dónde fue que Sobrino tuvo un traspié? El texto del Vaticano explicita; “El teólogo
no afirma abiertamente la conciencia divina de Jesús histórico”, “El oculta la
divinidad de Jesús”.
He aquí un capítulo más de una
historia que ya cubre diversos siglos y no está cerca de tener un fin próximo.
Ella comienza exactamente en un cuarto
simple de la ciudad de la Haya, en Holanda en 1670, cuando Spinoza contesta la
primera vez la autoría de los primeros cinco libros de la biblia (Pentateuco)
por Moisés, supuestamente inspirado por Dios.
Para Spinoza, el Pentateuco es una colección de narrativas populares
antiguas y prescripciones sacerdotales reunidas por Esdras y otros
intelectuales después del retorno de las elites judaicas del exilio babilónico
en el siglo V aC, por tanto siete siglos después de la muerte de Moisés. Las
palabras de Spinoza cayeron como una bomba, no solo sobre la cultura del
Occidente (cristianos y judíos), sino igualmente sobre el mundo islamita. Desde
entonces, los temblores causados por Spinoza (y colegas) se alargaron y no
dejaron más en paz a las autoridades religiosas cristianas, judaicas e
islamitas. Pues Spinoza fue ganado adeptos siempre más numerosos en el decorrer
de últimos tres siglos. Los exegetas pasaron a estudiar las lenguas
bíblicas (hebreo, arameo y griego),
ensayaron una lectura de la Biblia en consonancia con los dictámenes de la
ciencia moderna y enfrentaron con coraje obstáculos eclesiásticos. Gracias a la
progresiva introducción de la idea de tolerancia en el decorrer del siglo 18,
tanto en Francia como en Alemania, nadie más fue quemado vivo por emitir opiniones
contrarias a las autoridades, como todavía aconteció con Giordano Bruno, en
1600. Las ideas humanitarias triunfaron con la Revolución Francesa de 1789.
El instituto eclesiástico siempre
reaccionó de forma muy nerviosa delante de cualquier tentativa de meterse con
los antiguos dogmas y nunca permitió que se discutiese la manera con que la extraordinaria riqueza de metáforas,
símbolos, parábolas y visiones de la biblia
quedó siendo bloqueada en fórmulas dogmáticas. Nadie podía ni de lejos
meterse con el símbolo de la fe cristiana, promulgado por la asamblea episcopal
de Nicea (325) Fue ahí que las sugestivas imágenes religiosas del evangelio de
Juan (la palabra de Dios desciende del cielo a la tierra, divulga el mensaje de
un Dios padre y vuelve al cielo, después de haber dejado en la tierra al
Espíritu Santo) fueron traducidas en dogmas.
Incluso así, muchos continuaron
afirmando que era “intocable” y de ahí surgió un laberinto tan intrincado de
explicaciones, controversias, hipótesis y condenaciones, que es prácticamente
imposible seguir todo (1). Solo quiero
recordar que los Papas católicos siempre quisieron colocar un dique contra la
invasión del espíritu científico en un área que les parecía privativa, pero en
vano. El embate hizo muchas victimas, entre las cuales se destaca el sacerdote francés Alfred Loisy (1857-1940),
cuyo libro “El evangelio y la Iglesia”
(L´Evangile et l´Eglise) publicado en
1902, defendía la tesis (ya sustentada por intelectuales del imperio romano,
como Porfirio) de que los evangelios no corresponden fielmente a la historia de
Jesús. Pero no solo en el mundo católico los estudios “modernos” causaron
problemas, el mundo protestante también fue afectado. Adolfo Von Harnack, gran estudioso protestante alemán encontró
también fuerte oposición por parte de la Iglesia luterana.
Pero todo eso no paró el movimiento.
En el siglo XIX nace la egiptología, la
asiriología, la epigrafía semita, etc.
En el siglo XX entran la filología y la arqueología bíblica, provocando
sucesivos sustos en los que creen en las “eternas verdades” de la biblia. Al
mismo tiempo, se avanza en la configuración de un universo religioso imaginario
común a todos los pueblos que mantuvieron contacto con el pueblo hebreo, no
solo la Mesopotamia sino también el Egipto.
Se percibe que las grandes imágenes bíblicas son comunes al imaginario
religioso del Oriente medio: el cielo (Dios Creador), la tierra (expulsión del
paraíso terrestre), el aire (ascensión), el soplo animador (Espíritu
Santo). Incluso los utensilios
agrícolas de cada día como el azadón, el arado, la pala, el torno (Dios
tornero), la fragua (infierno) sirven como símbolos religiosos. En el infierno viven demonios, monstruos y
otras amenazas, en el cielo actúan los ángeles, protectores de la vida. Se habla de “hijos de Dios” (título dado a
los faraones del Egipto) y de vírgenes que generan dioses. Estudiosos como Sir James George Frazer (2)
abren campo para un estudio de los imaginarios religiosos en escala planetaria
(3).
Se va diluyendo siempre más la idea
de que “la biblia tenía razón” (4), así como la referencia absoluta a la
formulación del Concilio de Nicea (325).
Ya en el siglo XIX, estudiosos alemanes lanzan dudas sobre el valor
histórico del evangelio de Juan, base del dogma de Nicea. En torno de 1900 ya hay consenso que los
evangelios de Mateo y Lucas asimilan mucha cosa del imaginario popular, en
cuanto se recompone un evangelio Q (de los años 50), que no diviniza a Jesús. El evangelio de Tomás, gran estrella del
descubrimiento de Nag Hamadi (1945), hace su entrada en el rol de los
evangelios cuyo estudio se impone a quien quisiera pesquisar los orígenes
cristianos. En el cambio del siglo XXI,
la lingüística (Ricoeur, Bakhtin, Wittgenstein, Frege, Habermas, Gadamer) entra
a su vez en los estudios bíblicos y demuestra la necesidad de que se estudie la
mediación literaria para llegar al Jesús de la historia. Así la perspectiva de Bultmann (1926) (que
decía que no se puede decir prácticamente nada sobre Jesús a partir de los
evangelios) es revertida y los especialistas están de acuerdo que podemos
conocer a Jesús, pero no en la forma
con que él está siendo presentado por la tradición de las iglesias. El problema es Nicea, no son los evangelios.
La cuestión de fondo, que aparece en la condenación de Jon
Sobrino, está en la terquedad que caracteriza a grandes instituciones. Resistiendo a cualquier tentativa de
reformulación de sus fórmulas (siempre pasajeras), ellas se precipitan a la
muerte. La historia ya comprobó
suficientemente que grandes imperios se destruyen a sí mismos, por un proceso
que el historiador inglés Toynbee llamó “hibris” (autoconfianza exagerada,
falta de percepción de la realidad, prepotencia). Fue lo que aconteció sucesivamente con el imperio babilónico, el
imperio persa, el imperio romano y recientemente el imperio soviético. La prepotencia del Vaticano queda patente en
las palabras usadas para apartar a Jon Sobrino de la enseñanza eclesiástica. Tenemos que reconocer que imperios de fuerte
impregnación en el imaginario popular
pueden demorar siglos antes de entrar en un colapso definitivo. De ese modo es posible que muchas personas
no lleguen a percibir el problema, ni perciban que todo se está desmoronando a
su alrededor. Los líderes, por su
parte, pierden contacto con la realidad vivida y se van cerrando en su
concha. Ellos se agarran a volátiles
aclamaciones populares y mediáticas (el papa en Aparecida), sin conseguir
investigar a fondo lo que está aconteciendo.
Entretanto, nadie entiende más el símbolo de Nicea ni presta atención a
lo que está diciendo cuando recita formalmente el “símbolo de la fe” en la
liturgia de la misa. Esas palabras llegan a ser reliquias muertas, pero,
incluso así, muchos creyentes prefieren morir con ellas a colaborar en la elaboración
de un cristianismo renovado. Una
institución que condena estudiosos como Jon Sobrino, precipita su propia
caída. Pues él lucha por la vida del
cristianismo, contrariamente a lo que su condenación por el Vaticano hace
creer. Los que más parecen defender a la iglesia son los que la
condenan a muerte, mientras que los que la critican quieren su vida. En este momento, tenemos que felicitar al
teólogo Sobrino por su compromiso con la vida.
(1)
Quien
quisiera profundizar en ese asunto leerá con provecho el libro de Spong J.S.,
Um Novo Cristianismo para um Novo Mundo, Verus, Campinas, 2006.
(2)
Frazer,
J.G., El Folklore en el Antiguo Testamento, Fondo de Cultura Económica, México,
1986.
(3)
Vea
también los estudios del profesor americano Joseph Campbell, por ejemplo:
Mitologia na Vida moderna, Ed. Rosa dos Tempos, Rio de Janeiro, 2002.
(4)
Hoy
nadie defiende más la tranquila premisa todavía asumida en 1936 por Joseph
Hertz, promotor de una famosa edición hebrea de la biblia, que “entre todas las
crónicas orientales sólo la biblia merece el nombre de historia”.
Ver: Ouakin, M-A, O Deus dos Judeus,
en: “A mais Bela Historia de Deus”, Difel, Rio de Janeiro, 2001, 51-109.
*Traducción y edición Movimiento
También Somos Iglesia-Chile. Marzo de 2007
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