(Conferencia realizada en FAJE –
Facultad Jesuita de Filosofía y Teología, de Belo Horizonte – 06/03/07)
D. Demétrio Valentini
Cuando en Santo Domingo, en su discurso inicial, Juan Pablo II anunció
su intención de convocar un
"sínodo continental" para toda la Iglesia de América, parecía sellada la historia de las "Conferencias
Generales” del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. La impresión que quedó
fue que no habría más "conferencias generales". Habría "sínodos
continentales". La Iglesia de América Latina dejaría de ser un sujeto
eclesial, con iniciativas propias e identidad diferenciada. Las iniciativas de
su "encuadramiento continental" vendrían de Roma, insertas en la
estrategia de acompañamiento de la Iglesia en el mundo a partir de esta
referencia amplia y homogeneizadora,
que son los continentes.
Esta preocupación tomó forma en el Sínodo de América, realizado en
1997, bajo inspiración de un lema repetido con insistencia: "una sola
América, una sola Iglesia".
En verdad, a partir del Sínodo
de América parecían agotadas las
"conferencias generales" de la Iglesia de América Latina. Tanto que,
al ser anunciada ésta, algunos manifestaron su extrañeza, y
hasta contrariedad. En una de las reuniones del "Consejo
post-sinodal", que resultó del Sínodo
de América, y que continúa hasta hoy, el cardenal canadiense Turcotte manifestó su contrariedad ante la propuesta
de una “Conferencia” de ámbito sólo latinoamericano. Ella parecía contrariar, o
ignorar, la insistencia del Sínodo de
América.
La ocasión para superar esta
casi fatalidad, y de revertir las expectativas, surgió en la asamblea del Celam
en Caracas, 2001, cuando el cardenal Madariaga propuso una nueva Conferencia,
con la finalidad de celebrar el jubileo del Celam. La amplia adhesión de casi
todos los participantes dio
consistencia a la propuesta, que
a partir de ahí pasó a ser llevada adelante, con la disposición y la esperanza
de ser concretada.
La larga demora para su realización muestra el difícil camino que debió ser recorrido. Era
preciso salir de lo improbable, pasar por lo
posible, llegar a lo recomendable y conseguir la opinión de Juan Pablo
II, que parecía haber desautorizado la continuidad de las
"Conferencias". La intención de hacer una nueva "Conferencia
General" se transformó en decisión
de hacerla, cuando Juan Pablo II
expresó su acuerdo.
En esto tuvo mérito el actual presidente del CELAM Cardenal Errázuriz. Él tuvo la iniciativa de
formalizar una consulta oficial a la Iglesia de América Latina y del Caribe,
para recoger las opiniones y llevarlas
al Papa. De las 22 Conferencias Episcopales, 20 se manifestaron favorables a la realización de la
"Conferencia General". De los
30 Cardenales latinoamericanos, 18 eran favorables. Presentados estos datos al Papa, en un almuerzo con la
Presidencia del Celam, Juan Pablo II
sentenció: "Yo quiero lo que la Iglesia de América Latina quiere”. Estaba
dada la luz verde para la
realización de la Conferencia.
A continuación vinieron las
peripecias para escoger el lugar, cuyo
resultado nos deja algunas preguntas que necesitan ser respondidas.
Al comienzo se acordó realizar la Conferencia en Roma, de modo que el
Papa, enfermo, la siguiera de cerca. Pero estaba en el aire la sensación que
este acuerdo no se iba a mantener. Tanto que, en sordina, se hablaba con
insistencia que si no se realizaba en Roma sería en Ecuador, sin que nadie
tuviese el coraje de manifestar la razón que posibilitaría el cambio de lugar.
Fallecido el Papa, es decir ocurrida la razón, Ecuador perdió fuerza, con la entrada de otros dos postulantes, Chile, que tenía el presidente del Celam, y la Argentina, que tenía el Secretario del Celam, y ambos tenían también sus motivos para creerse en condiciones de acoger la Conferencia.
Allí vino la sorpresa: Benedicto XVI, también en un almuerzo con
cardenales representativos de América Latina, comunicó su decisión. No sería ni
en Chile ni en Argentina. Y hasta
diría: ¡Ni en Brasil, sino en Aparecida!
Es decir, resulta evidente que la elección de Aparecida se dio en
primer lugar por el simbolismo eclesial del santuario mariano de Aparecida y
por la resonancia pastoral de la elección de un santuario mariano para la
Iglesia de América latina.
El Papa no dio ninguna razón de su elección. Las razones necesitan ser
deducidas. La más evidente está ligada, así me parece, al simbolismo de
Aparecida, con todo el conjunto de circunstancias que componen hoy el panorama
eclesial del Santuario de Aparecida, comenzando por la "narrativa"
que describe los orígenes de la devoción a María bajo el ropaje de todo el
imaginario ligado a Nuestra Señora de Aparecida.
En ese sentido, una de las tareas aún pendientes, sería divulgar mejor,
sobre todo entre los países de América Latina, el simbolismo de Aparecida, el
significado de lo que podríamos llamar "parábola de Aparecida". Pues
él es totalmente desconocido fuera de Brasil.
Pero es legítimo preguntarse si Benedicto XVI no tuvo también otras
razones para escoger Aparecida, dado que se sitúa en Brasil.
No está descaminado imaginar que Benedicto XVI pensó en la Iglesia del
Brasil y en el peso que ella tiene en el contexto actual de América Latina. Y
también en el valor de su rica experiencia eclesial, con su dinamismo,
incentivado por la intensa acción de la CNOB, (Conferencia Nacional de Obispos
Brasileños) pero sobre todo asumido en la base por el “pueblo de Dios”, que
acogió con entusiasmo y creatividad las orientaciones pastorales del Vaticano
II, y las materializó en innumerables "comunidades eclesiales de
base", sustentadas por la Palabra de Dios e iluminadas por una reflexión
teológica que les daba consistencia y fundamento.
La decisión de Benedicto XVI se vincula, por lo tanto, con la Iglesia
del Brasil. Incluso porque la fundación del CELAM, causa básica de esta
Conferencia, ocurrió en Brasil, en la Primera Conferencia General, en 1955.
La realización de la Conferencia en Aparecida interpela a la Iglesia del Brasil. Ella se siente intimada a testimoniar el dinamismo que la caracterizó en los tiempos de la entusiasta recepción del Concilio y a dar cuenta de su situación actual.
La Iglesia del Brasil tiene una deuda por pagar en esta Conferencia. Y
quien sabe si Benedicto XVI, al escoger Aparecida, también sentía esto, u otras
deudas para con la propia Iglesia del Brasil. Él tiene la gran oportunidad de
cancelar esas deudas con los discursos que hará en el Brasil, especialmente en
la abertura de la Conferencia de Aparecida. Ellos irán, ciertamente, a marcar
los trabajos de la Conferencia. Pero sería bueno que los obispos brasileños se
imbuyesen de la misión de garantizar en esta Conferencia los carismas que el
Espíritu suscitó en la caminata de la Iglesia en éstos 50 años del Celam, que
la Conferencia desea celebrar.
1.
Vertientes de las expectativas de Aparecida
Lo que distingue esta Conferencia de las otras ya realizadas es la
intensa expectativa que ella suscitó. Esto es muy significativo. Pues la
expectativa estimula la participación, confirma el compromiso y crea demandas que necesitan ser atendidas, con el
riesgo también de frustraciones que deben ser evitadas.
Las expectativas son buenas, pues despiertan esperanzas. Pero nos
colocan en la prensa, puesto que muestran la factura a pagar. Humanamente, es
una temeridad realizar una Conferencia de éstas, estimulando tantas ansias, que
piden ser realizadas. No se pueden frustrar las esperanzas suscitadas en el
pueblo de Dios.
Conviene primero identificar bien de donde surgen estas expectativas.
Tal vez el primer motivo nació de la sorpresa de la realización de esta
Conferencia. Como parecía que nunca más habría Conferencias, y repentinamente
se confirmó una más, creció la convicción
de que era urgente aprovechar bien esta oportunidad que parecía haber
desaparecido.
Otra razón viene del carácter de jubileo que esta Quinta Conferencia
representa. De hecho, la primera motivación de su realización fue la inminencia
del Jubileo del CELAM que se aproximaba. Como fue recordado, la idea fue
lanzada en la Asamblea de Caracas, en 2001.
Por su carácter de Jubileo, la Conferencia de Aparecida se presenta
con la misión de retomar los designios
iniciales, de rehacer la caminata, de reasumir los compromisos, de recuperar
valores perdidos y de reencontrar la propia identidad.
Otra vertiente de las expectativas que rodean Aparecida es la
percepción de que llegó la hora para la
Iglesia de América Latina y el Caribe de enfrentar la nueva realidad,
resultante de las profundas transformaciones ocurridas en las últimas décadas.
Ellas tuvieron grandes repercusiones, sobre todo eclesiales. Así, la
Conferencia de Aparecida se torna el momento
oportuno para que la Iglesia se posicione delante de la nueva realidad
de un continente en profunda transformación, cuya identidad va rápidamente prescindiendo de su vinculación con la
Iglesia Católica, que por esto se cuestiona y se pregunta qué hacer para
continuar teniendo significación histórica para un pueblo que ya no se siente
obligado a identificarse con ella.
Así, Aparecida se presenta como
momento privilegiado, hora de gracia, oportunidad imperdible, ocasión propicia
para que la Iglesia escuche los llamados que el Espíritu le hace por medio de
la realidad, que clama por un reencuentro fecundo con el Evangelio de Cristo y
por nuevas formas de expresión eclesial.
¿Aparecida dará cuenta de tantas expectativas? Ciertamente los días de
la Conferencia serán pocos para todo
esto, y el documento esperado, incapaz de responder a todos estos anhelos. Tanto más, entonces, es importante
entender Aparecida no como un
acontecimiento aislado, sino como un proceso, que ya comenzó, y que el
documento final necesita, ciertamente, dejar abierto, para que continúe y se
profundice.
Ya es un alivio percibir que no
todo cabe dentro de un documento, que es el producto por tanto imaginado para
una reunión de Obispos. ¡No será el documento el único vehículo que cargará las
esperanzas de Aparecida! ¡Necesitamos cargarlas también nosotros!
De ahí la importancia del carácter eclesial de este proceso suscitado
por la realización de una "Conferencia General del Episcopado" de
nuestro continente. Ella es "episcopal", pero su dimensión es
"eclesial". Y así, nos sentimos todos invitados a participar de este
proceso.
Es lo que motiva iniciativas como ésta, que yo felicito. Es importante
fortalecer el compromiso en los asuntos planteados, que nos interpelan como
cristianos.
Allí encontramos la mejor motivación para interesarnos en un
acontecimiento “eclesial”, pues él apunta para la causa mayor del Evangelio.
Cuando se trata de la causa del Evangelio, nos sentimos todos interpelados.
Por lo tanto, lo que da la dimensión más adecuada a este acontecimiento
es, en verdad, su carácter evangélico. De hecho, la referencia central que el
tema coloca es Jesucristo: “¡discípulos y misioneros de Jesucristo!”
La Iglesia puede estar en crisis, pero la validez del Evangelio de
Jesús permanece inalterada. Muchos temen por la desaparición del
"cristianismo", como forma histórica que visibilizó la cultura
occidental. Puede hasta desaparecer, o transformarse profundamente. Pero la
causa del Evangelio permanece.
En este sentido, las expectativas de Aparecida encuentran su horizonte
más adecuado en la fuerza del Evangelio, que "no puede estar
encarcelado", como ya afirmaba San Pablo.
2. Del optimismo a las crisis -
trayectoria de los últimos 50 años
La historia es imprescindible para entender adecuadamente los
acontecimientos. Los últimos 50 años, que la Conferencia de Aparecida, por su
carácter de Jubileo, quiere tener presente, estuvieron cargados de profundas
transformaciones. Es interesante observar la secuencia de los acontecimientos,
que podríamos sintetizar a través de décadas.
Un dato emerge con evidencia, y nos ayuda a entender porque la Iglesia
se encuentra ahora en dificultad. Está difícil poner en práctica las grandes
esperanzas del Concilio. La aplicación del Concilio está en crisis. ¿Y por
qué?
Porque el Concilio fue hecho en una época de gran optimismo, y comenzó
a ser aplicado en un tiempo de sucesivas crisis.
El gran impulso de renovación de la Iglesia en nuestro tiempo nació en
una época de mucho optimismo, de muchas utopías, en el clima de euforia vivido
sobre todo por Europa, que se estaba rehaciendo de la IIa Guerra Mundial. Las
dos décadas, de los 50 y 60, cuando nació el CELAM y se realizó el Concilio
Vaticano II, fueron las décadas más optimistas de los últimos siglos.
La Conferencia de Aparecida está llamada a retomar las esperanzas del
Concilio, de un modo más realista, más consciente de las dificultades que
necesitan ser enfrentadas con determinación.
La década del 50 fue pródiga en iniciativas que sembraban
esperanzas. En 1952 nacía aquí en Brasil la CNOB. En 1955 fue fundado el CELAM,
como fruto de la primera Conferencia General de Río de Janeiro. En 1956 fue
fundada Caritas de Brasil. Y en enero de 1959 Juan XXIII anunciaba el Concilio,
cuya idea fue luego aceptada entusiastamente por todos.
A partir de ahí, el optimismo y las esperanzas se fueron concentrando
en el gran acontecimiento del Concilio Vaticano II, realizado en plena década
del 60.
Pero no bien terminaba la "década del optimismo", comenzaron los síntomas de sucesivas crisis que irían a angustiar sobre todo a Europa, y comprometer la aplicación del Concilio.
El primer síntoma fue la "revuelta de los estudiantes" en 1968,
el acontecimiento que manifestó con mucha evidencia la crisis de la modernidad,
y que dejó perplejos a muchos teólogos, inclusive a uno que después tuvo mucho
éxito eclesial...
Una coincidencia muy significativa:
En el mismo año en que la Iglesia de América Latina se reunía en Medellín, para acoger generosamente el Concilio, Europa se asustaba con la crisis de la modernidad, y comenzaba a buscar seguridad en el retorno a refugios institucionales, en un movimiento contrario al Concilio, que había propuesto la reconciliación de la Iglesia con el "mundo moderno".
Es importante tener presente estos hechos, para comprender las
dificultades de aplicación del Concilio, y también la descoordinación de la
caminata de la Iglesia en América Latina con las preocupaciones de Roma, que
vivía de cerca la tensión de la crisis cultural de Europa.
Un rápido recorrido por las décadas siguientes, nos muestra una
secuencia de crisis, que tuvieron profunda incidencia en la realidad que
vivimos hoy.
La década del 70 presenció la "crisis del petróleo",
con los precios disparándose, y el surgimiento de los "petrodólares",
que los bancos occidentales captaron y transformaron en fuente de préstamos
fáciles y abundantes a los países en desarrollo.
Esto provocó, como consecuencia, en la década del 80, la crisis
de la deuda, que marcó profundamente a nuestros países, y que perdura hasta
hoy. Esto explica el paso del "capitalismo productivo" para el
"capitalismo financiero", especulativo.
El final de la década de los 80 presenció la crisis del socialismo,
con la caída del muro de Berlín en 1989, símbolo de las grandes
transformaciones políticas en la Europa Oriental, que condujeron al
desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991.
La década de los noventa presenció la llegada de la
globalización, bajo el comando del neoliberalismo, proclamando privatizaciones,
la renuncia al "Estado de Bienestar", el abandono de las utopías
colectivas, la desregulación del Estado, la exacerbación del éxito individual y
del poder financiero, la apertura indiscriminada de los mercados. Venía con la
pretensión de ser la solución definitiva para los problemas del desarrollo, la "verdad
única" que iría a conducir la historia hacia adelante, sin contestaciones.
3. Superación de las encrucijadas -
tarea ingente de hoy
No
tardaron en manifestarse las encrucijadas provocadas por una globalización
excluyente y concentradora:
-
crisis de la
sustentabilidad ecológica
-
aumento de la
exclusión y de la violencia
-
crisis de los
valores éticos
-
pérdida de
identidad cultural y subjetiva
-
crisis de
solidaridad
Así el nuevo milenio, que parecía llegar con aires de utopías próximas
a su realización, por el contrario, se inició sumergido en una profunda crisis
civilizatoria, que alcanza a todas las
instituciones, también a la Iglesia.
Este es el contexto histórico amplio, en que se realiza la Quinta
Conferencia de Aparecida. ¡No son
simples los problemas a enfrentar!
Sin embargo, cuanto más profunda la crisis, más oportunidades para el Evangelio, que conserva su validez, como
propuesta fecunda e inagotable de acogida de los excluidos, de fraternidad, y
también de reconciliación cósmica. Cuanto más evidente es el colapso humano,
más se abre el camino para la acción de Dios.
Como en el tiempo de Jesús, podemos también ahora presentir: “¡El Reino
de Dios está próximo, convertíos y creed en el Evangelio!”
Por esto, descubrir la validez del Evangelio de Jesús, y los caminos
para el reencuentro con él, es la tarea
de fondo que está en juego con la
propuesta de esta Quinta Conferencia.
La superación de las encrucijadas actuales, producidas en los
subterráneos de la crisis de civilización que ahora vivimos, no se dará tanto
por modificaciones de la estructura
eclesial, sino por el reencuentro en profundidad con el Evangelio. Será la vivencia del Evangelio, abierta a
todos, que tendrá la fuerza de provocar los cambios adecuados en
la vida de la Iglesia.
4. Retomar las grandes intuiciones del
Concilio
Juan XXIII, sintetizaba las
intenciones del Concilio, en dos propuestas muy dinámicas:
-
El regreso a
las fuentes
-
El “aggiornamento”, la actualización de la Iglesia
A propósito, Comblin señala la importancia de resaltar algunas intuiciones de Juan XXIII, que
concretaban estas dos propuestas centrales.
En primer lugar, superar las condenaciones, sustituyéndolas por un
diálogo que condujera al mutuo
crecimiento de las posiciones. Él observa, preocupado, que
por el contrario, en las últimas
décadas hubo cien condenaciones de teólogos católicos, situación que
terminó inhibiendo el ejercicio de la propia teología.
Enseguida él observa que Juan
XXIII quería un “concilio pastoral”, lo que no es nada peyorativo. Por el contrario, según Comblin, esto da a los “Pastores” la misión de decidir
lo que conviene a la Iglesia,
¡dejando a los “pastoralistas”
hacer las reflexiones convenientes!
Comblin, observa todavía que,
en la intención del Concilio, la Iglesia Católica debía abrirse al
ecumenismo. Según Comblin, este ecumenismo no se
puede limitar a los pequeños grupos históricos del protestantismo, sino que
precisa abrirse al vasto fenómeno del pentecostalismo.
El Vaticano II tuvo una peculiaridad que lo distingue de todos los
otros Concilios: no fue convocado para resolver un problema específico,
como habían sido los otros. Sino
por iniciativa profética de un Papa, en un
momento en que la Iglesia, institucionalmente, vivía un momento de seguridad y tranquilidad. No era
necesario un concilio. Tal vez
no era conveniente un concilio, como
pensaban los que querían mantener las cosas como estaban.
Ocurre que los problemas
comenzaron después del Concilio,
y colocaron en riesgo seriamente su aplicación. Así, un concilio que en las palabras insistentes del Cardenal Lercaro, debía dejar “las
puertas abiertas”, para nuevos avances,
vio por el contrario que se cerraron las puertas para cambios más significativos en la Iglesia, con el fortalecimiento del reflujo
conservador, con el aumento del control centralizado, temeroso de cambios más significativos.
Hoy el Vaticano II corre el riesgo de esterilización de sus grandes intuiciones.
Por esto, es tarea de la Quinta
Conferencia retomar las grandes intuiciones del Concilio, como fuerza motivadora, para la continuidad de la
renovación eclesial en América
Latina, en la búsqueda del reencuentro
con las realidades históricas de este
continente.
Algunas de estas intuiciones pueden
ser recordadas brevemente:
- La eclesiología del Vaticano II, basada en la visión de la
Iglesia como pueblo de Dios. Esta
eclesiología, implica la valorización
de los laicos, y coloca con fuerza la cuestión ministerial, en su amplio
espectro, desde el “ministerio petrino”, pasando por el ministerio ordenado, incluyendo los ministerios que necesitan estar presentes en las comunidades.
- El regreso de la “colegialidad
episcopal”, como garantía de la unidad en la diversidad, y como
fundamento de la concreción de la Iglesia en “Iglesias Locales”.
- La
valorización de las Conferencias Episcopales,
incentivando el ejercicio de sus responsabilidades.
- Las
“Comunidades eclesiales de base”, como
proceso práctico y como encarnación de la Iglesia en las realidades del pueblo.
Pero hoy en día vivimos una
realidad tan marcada por
transformaciones, que no basta guiarse
por los criterios e indicaciones
de un Concilio, por más importante que haya sido, como el Vaticano II.
Es preciso recurrir a la
inspiración más profunda de la Iglesia Primitiva, y buscar directamente las
fuentes del Evangelio, tal como fue anunciado, practicado y vivido históricamente por Jesús.
Por lo tanto, tener como referencia fundamental la
Iglesia Primitiva, y el
Evangelio de Jesús, recuperado en su
dimensión histórica.
5. Recuperar la práctica de la Iglesia Primitiva
En lo que se refiere a la Iglesia Primitiva, es importante tener como referencia los Hechos de los Apóstoles, por diversas razones.
En primer lugar, para hacer una relectura de la trayectoria que Lucas traza, para la Iglesia, en las
palabras que él atribuye a Jesús: “Sean mis testimonios en Jerusalén, en Judea,
en Samaria y hasta los confines del mundo“ (Hechos 1.8). Por medio de estas palabras de Jesús, Lucas
traza el itinerario de su obra. Los hechos
describen el nacimiento de la
Iglesia en Jerusalén, su expansión progresiva por la Judea, por la Samaria, y
termina dejando a Pablo en Roma, la
capital del imperio. Hasta parecería que el libro de los Hechos hubiese quedado incompleto. ¡Pero no! Roma, para Lucas, significaba “los confines del mundo”, y terminando en
Roma, Lucas completaba la trayectoria que se había propuesto.
Ahora, la Iglesia Occidental, hizo una lectura reductiva de esta trayectoria, como si los Hechos, sugiriesen que Roma es el punto de llegada del Evangelio, como referencia local y estática. Por el contrario, Roma era la capital del mundo que Pablo intentó evangelizar, y Roma simbolizaba que los Apóstoles habían clavado la bandera del Evangelio “en el corazón del mundo”.
En este sentido, la Roma de los Hechos
es una referencia dinámica, una invitación permanente a superar
fronteras. No a crear muros, sino a
continuar clavando la bandera del Evangelio en el corazón del mundo, en las
circunstancias de cada época.
El Libro de los Hechos, muestra otras dos dimensiones muy fecundas e importantes, que precisan
ser retomadas hoy por la Iglesia, con
urgencia:
-
la
inculturación de la fe
-
la
valorización del concilio, a partir de
la experiencia “concilio de Jerusalén”.
En cuanto a la inculturación, se puede decir que hasta hoy la Iglesia vivió sólo una experiencia profunda y exitosa de inculturación del Evangelio, por la manera como se insertó en la cultura greco-romana, resultando una realización eclesial que continúa hasta hoy.
(En realidad, hubo otras experiencias de inculturación, que en el presente
deberían ser más valorizadas y tomadas como
referencias para posibles inculturaciones en el mundo de hoy, como las
antiguas iglesias orientales y
africanas).
Como la Iglesia Primitiva hizo en el contexto del imperio romano, debería continuar haciéndolo hoy. Con la misma fuerza del Espíritu, en la fidelidad al Evangelio, pero también en la
libertad para acoger elementos de la cultura y de la religiosidad popular,
de tal modo que resulten Iglesias humanamente caracterizadas por la realidad
socio-cultural de los pueblos y continentes
donde se implantan.
La falta de este proceso profundo de inculturación explica, ciertamente, la dificultad de la
Iglesia para implantarse en culturas ancestrales, como en India, China, Japón y
otros países. Pero explica también el
espacio de mayor libertad que la Iglesia podría dejar para su nueva
inculturación en los ambientes marcados hoy por la modernidad y la
posmodernidad, también aquí en América Latina.
Por esto, una de las preocupaciones de Aparecida se coloca, necesariamente en términos de nueva inculturación del Evangelio, con
las consecuencias eclesiales que esto debe significar.
Pero los Hechos de los Apóstoles nos traen otro testimonio, poco
percibido, pero importante, sobre todo ante el desafío de la aplicación del
Vaticano II.
Los Hechos muestran cuan
importante fue el “concilio de Jerusalén”, para abrir las puertas para la aceptación de la fe cristiana en
medio de los paganos, por la flexibilización
de la exigencia de la circuncisión.
Pero muestran también como las
decisiones del Concilio fueron asumidas, incondicionalmente, por
todas las corrientes ideológicas de la
Iglesia, y pasaron a formar parte necesaria de la agenda eclesial.
Tanto la “derecha conservadora”, representada por la Iglesia de
Jerusalén, como la “izquierda progresista”, representada por Pablo y Bernabé,
asumieron las decisiones del Concilio y se guiaban por ellas. Esto se puede
percibir muy claramente a lo largo de los Hechos. Bastan dos citas:
En Hechos 16, 4-5: “Pablo y
Timoteo trasmitían las decisiones que
los Apóstoles y los Ancianos habían tomado, y recomendaban que fuesen observadas”
En Hechos 21,25 cuando S. Pablo quiso pasar por Jerusalén, antes de seguir para Roma, los miembros de la Iglesia de Jerusalén
dijeron a Pablo: “en cuanto a los paganos
que abrazaron la fe, ya escribimos a
ellos sobre nuestras decisiones: abstenerse
de carnes inmoladas a los ídolos, de sangre, de carnes sin sangrar y de
uniones sexuales ilícitas”. Las palabras son extraídas directamente del
documento conciliar (Cf. Hechos 15,29).
Pues bien, es esto lo que faltó
al Vaticano II. Aún antes de terminar,
la “derecha conservadora” cuestionó al
Concilio, y pasó a emprender un trabajo sistemático para socavar su aplicación, exactamente en las medidas
que más favorecerían hoy una
nueva “inculturación del evangelio” y
el surgimiento de nuevas expresiones eclesiales, más encarnadas y más
autónomas: las consecuencias prácticas
de la “colegialidad episcopal”, la visión
de la Iglesia como “pueblo de Dios”, la valorización de los laicos, el
ecumenismo y el diálogo interreligioso (reconociendo la acción del Espíritu también en otras realidades fuera
de la Iglesia Católica), y el
valor de las realidades terrestres y el
respeto por su autonomía.
6. Recuperar la fuerza y la originalidad
del Evangelio de Jesús
El momento que la Iglesia vive
hoy, no sólo en la América Latina, sino
en el mundo entero, exige un esfuerzo
consciente y persistente de
recuperación del Evangelio de Jesús, en
su integridad, en sus grandes inspiraciones y en sus consecuencias más
radicales.
Sólo una nueva y profunda identificación de la Iglesia con el Evangelio le dará credibilidad y
esperanza. Como hizo San Francisco,
que adoptó el Evangelio como regla práctica de su comunidad, la Iglesia hoy necesita tener el coraje de
percibir lo que y como Jesús hizo, para hacerlo ella también, sin
preguntarse si esto escandaliza, hiere
sensibilidades, y sobre todo si esto va contra los privilegios establecidos o
contraría intereses de poder y de dominación. Conviene recordar algunas
dimensiones centrales del Evangelio de Jesús.
6.1.
La dinámica de la encarnación
Antes que palabras, el Evangelio está constituido por hechos básicos.
El primero de ellos, la encarnación del Verbo en Jesús de Nazaret. El
proceso de la encarnación es continuado por la realización de la Iglesia de
Cristo. El Espíritu la guía para que ella asuma las realidades de su tiempo y
las torne sacramento de la presencia de Dios y
manifestación de su gracia. Así debe hacer la Iglesia.
La dimensión de la encarnación fundamenta la realidad y el proceso de
inculturación, que expresa el dinamismo del Espíritu, que continúa fecundando
la historia, revelando y haciendo
acontecer la acción salvífica de Dios.
6.2. El contexto
histórico del Evangelio
Más que de hechos, el
Evangelio consistió en la reacción de
Jesús ante hechos que tejieron su vida
y su relacionamiento humano. De
ahí la importancia de recuperar la realidad de estos hechos, para percibir mejor como Jesús
actúa.
Por esto se dice que es fundamental para la Iglesia tener hoy como referencia al "Jesús histórico". Exactamente para encontrar el núcleo de su Evangelio. No se trata del trabajo arqueológico de rescatar situaciones antiguas, para imitarlas hoy artificialmente. Es justo lo contrario. La referencia a Jesús histórico nos permite relativizar las circunstancias, para valorizar las actitudes de Cristo, que constituyen en verdad su Evangelio.
De ahí la importancia de identificar las grandes opciones de Jesús, las posturas que más manifiestan su misterio, que más revelan sus intenciones, y que más apuntan para la práctica verdadera de su evangelio. ¿Cuáles son?
6.2.1. Su mística
En primer lugar, Jesús fue impregnado
del Espíritu. Sin el Espíritu,
Jesús no se entiende. Con su mística
Jesús:
-
cultivaba
permanente comunión con su Padre
-
se dejaba conducir enteramente por el Espíritu, en plena disponibilidad, libertad y
prontitud en actuar con la fuerza que lo animaba
.
-
era absorbido
continuamente por la utopía del Reino, que movilizaba sus preocupaciones y
fascinaba sus aspiraciones.
6.2.2. Su clara opción por los más débiles, por los
excluidos, por los pequeños, por los simples, por los pecadores, por los pobres
Es importante recuperar el alcance de esta opción de Jesús. Él bien
podría haber buscado a las personas de poder, destacadas, de posición
religiosa, de influencia social.
¡Tenía todas las condiciones
para esto, desde los doce años! Pero claramente él prefirió a los “simples y
los pequeñuelos” y justificó su opción sintiéndose avalado por su propio
Padre. Por lo tanto, buscó la
justificación más profunda y más radical para “su opción” decidida y
consciente. “Si, Padre, porque así
fue de tu agrado”, declaró él, al exultar viendo como era acogido por los
pobres. “Escondiste estas cosas a
los sabios y entendidos y las revelaste
a los pequeñuelos”.
Por lo tanto, la opción de Jesús por los pobres no fue estratégica, no
fue circunstancial. Nació de las
profundidades de su identificación con el misterio del Padre. Ella es
inseparable de su Evangelio. La puerta
de entrada del misterio de la salvación,
que Dios escogió, son los pobres.
Por ellos se accede al Reino de
Dios.
6.2.3. La valorización del “otro”, del diferente, del extranjero.
Impresiona ver la obsesión que Jesús tenía por el "otro”. Tantas veces estaba a la
orilla del lago e insistía en pasar
para "el otro lado". ¿Qué diablos de obsesión era ésta? ¿Será que de
este lado no hay peces?
Esta actitud de Jesús es profundamente reveladora del misterio de la
Trinidad, y señala la urgencia y la
necesidad de abrirnos al otro y al
diferente, y encontrar en él, de manera más profunda, nuestra propia identidad.
Lo mismo se debe decir del
aprecio de Cristo por los
extranjeros. Atendió rápidamente al
centurión extranjero y alabó su fe.
Tenía conciencia histórica del límite territorial de su actuación, pero
tuvo el cuidado de atravesar todas las fronteras que circundaban su país: hacia el sur huyó
para Egipto, cuando todavía era niño.
Al norte fue para Tiro y Sidón.
Al nordeste para la Cesárea de Filipo.
Más abajo fue para “el país de los gadarenos” y al este fue “más allá
del Jordán”.
¡Jesús nos enseña a atravesar todas las fronteras y a abrirnos a
horizontes más amplios!
6.2.4 La transformación de la mentalidad
Jesús emprendió un esfuerzo continuo de cambiar la mentalidad de sus discípulos y del propio pueblo. Todo con el objetivo de ensanchar las mentes y los corazones, para sintonizarlos con los generosos designios de misericordia de su Padre, que a todos quería envolver en su amor.
El ejemplo más típico fue el cambio que Jesús consiguió hacer con
respecto a los "samaritanos". Ellos eran una especie de
“protestantes” del Antiguo Testamento, medio heréticos y separados.
Para los judíos, sólo había "malos samaritanos". Pues bien, a fuerza de sus actitudes de
acogida de los samaritanos, Jesús consiguió acuñar la idea del "buen
samaritano". Fue una transformación mucho más profunda que la de
transformar el agua en vino.
Para esto, emprendió todo un programa para cambiar la relación con los
samaritanos. Quiso hacer de Samaria el
derrotero necesario de sus andanzas ("necesitaba pasar por Samaria"),
aceptó dialogar con una mujer samaritana, se dejó acoger por los samaritanos,
reprendió a los discípulos que
querían reaccionar ante el repudio de
los samaritanos. En la historia de los diez leprosos, el único agradecido fue
un samaritano. Y finalmente, en la
linda parábola del hombre caído al borde del camino, acuñó de modo
indeleble la figura del "buen
samaritano". Hoy hasta la Iglesia desea ser "samaritana"...
Esta actitud de Jesús con los samaritanos explica la generosa
acogida que la Iglesia Primitiva tuvo
en las tierras de Samaria. Con certeza, los samaritanos recordaban bien cuánto
Jesús los había valorizado.
¿Qué nos dice hoy esta actitud
de Jesús frente a los "samaritanos" de hoy? ¿Somos capaces de
transformarlos, y transformarnos, en "buenos samaritanos"?
6.2.5. El duro enfrentamiento
con los opositores al Reino
Esto también fue parte del Evangelio vivido por Jesús. Él combatió de frente con todos los
que explotaban a los pequeños y los
mantenían cautivos dentro de prejuicios que les impedían vivir los valores del
Reino. Él no disputaba por ideas, como
partidario de una ideología. Él
tomaba posición a favor de los pobres y al servicio de la vida. No tenía prejuicios de ningún orden. Aceptó hospedarse en la casa de Zaqueo y de
Simón, supo elogiar al fariseo que estaba “próximo del Reino”. Pero era
inflexible cuando los valores del Reino eran contrariados, sea por los fariseos
como por sus propios discípulos. Vivía una coherencia a toda prueba.
Estos breves gestos son suficientes para demostrar cuanto el
Evangelio de Jesús es válido y exigente
y como él todavía puede ser respuesta a todos los que tienen “hambre y sed de
justicia”.
7. Tareas de la Quinta Conferencia
¿Frente a estas grandes referencias - el Vaticano II, la Iglesia Primitiva, el Evangelio de Jesús histórico- qué se puede esperar de esta Quinta Conferencia?
¡En primer lugar, no da para esperar demasiado! ¡No podemos pedir
demasiado! Pero como mínimo, la Conferencia debe estimular, retomar los valores de
la caminata de la Iglesia en nuestro continente y dejar las puertas abiertas
para ulteriores avances.
No se espera de esta Conferencia un largo documento teórico, lleno
de enseñanzas. Éstas ya han sido dadas en abundancia por la Iglesia en las
últimas décadas.
Se puede afirmar que la tarea de esta Conferencia debe consistir, esto
sí, en grandes opciones estratégicas, evangélicas, que dejen el camino abierto para otras manifestaciones.
En síntesis, Aparecida está llamada a RECUPERAR, REAFIRMAR y AVANZAR.
7.1. Recuperar
-
la propia metodología
característica de la Iglesia en América Latina, que fue abandonada en la
Conferencia de Santo Domingo. Partir de la realidad, en la dinámica conocida de
VER, JUZGAR y ACTUAR.
En verdad, lo que está en juego es la
práctica de Jesús, que partía de la realidad, para en ella colocar su acción,
animada por su Espíritu. No se trata, por lo tanto, de la forma externa o de la
secuencia del documento de la Conferencia.
Sino de sus opciones, que
necesitan derivarse del seguimiento de la práctica de Jesús. Tales
como:
-
la inculturación
del Evangelio, superando la mera interculturalidad superficial. La
inculturación, asumida de verdad y tomada en serio, lleva a consecuencias muy
profundas, también eclesiales, para ser asumidas y realizadas con la
legitimidad del Evangelio, no con autorizaciones jurídicas o concesiones
benevolentes.
-
la eclesiología
de la Iglesia local
-
la centralidad
eclesial de la "colegialidad episcopal".
-
la importancia
de las Conferencias Episcopales
-
la memoria
histórica de la caminata de la Iglesia en América Latina y el Caribe:
·
la irrupción de
los pobres como sujetos, en la Iglesia y en la sociedad
·
la opción de la
Iglesia por los pobres
·
la denuncia de
las estructuras injustas
·
la teología liberadora
·
las comunidades
eclesiales de base
·
la proximidad
de los pastores junto al pueblo
·
la vida
consagrada inserta en las comunidades
·
los ministerios
laicos
·
el despertar de
la conciencia de los marginalizados: indígenas, afrodescendientes, mujeres,
jóvenes
7.2. Reafirmar
-
La primacía de
la Palabra del Dios para la vida de la Iglesia. Colocar la Biblia en la mano
del pueblo, para iluminar las realidades de hoy y rehacer la experiencia de
Jesús. Una Palabra dinámica por lo tanto.
- La centralidad de la justicia y la
liberación de las injusticias
-
La dignidad de
toda persona humana
-
El protagonismo
de los laicos
-
La colegialidad
episcopal
-
La importancia
de la Iglesia Local
-
La importancia
de las comunidades de base
-
El espíritu de
comunión y de participación
-
La religiosidad
popular, como expresión de la fe inculturada
7.3. Avanzar
-
la Iglesia
colocada más el servicio del Reino y no en la defensa de su institución o en la
afirmación de sus privilegios históricos
-
recibir mejor y
abrir espacio para los pobres, las víctimas del sistema, favoreciendo la
participación de los excluidos en la Iglesia: indígenas, afros, mujeres
-
vivir la
gratuidad
-
enfrentar con
más coraje la cuestión ministerial en la Iglesia, sobre todo para proveer a las
comunidades de la Eucaristía
-
avanzar en el
diálogo ecuménico e interreligioso, con respeto por la diversidad y la pluralidad
-
perfeccionar
los procesos de la pastoral orgánica
-
mayor atención
a la ecología, con el aporte que la Iglesia puede dar en este campo.
8. Cuentas exigibles
Aún con conciencia de que no todas las expectativas en torno a la Conferencia de Aparecida pueden ser atendidas de inmediato, o puedan constar en su documento oficial, algunas de ellas están proclamadas con tanto énfasis y urgencia, que se vuelven cobranzas, las cuales la Conferencia no podrá esquivar.
8.1.
Comunidades de base
Las comunidades concretas, de nuestras realidades sociales, quieren en primer lugar ver reconocida